"Si
el hombre está en el paisaje
es un poco más que el pájaro
por duro que sea su cuero
con la llovizna se afloja…”
Llegó de Paraguaná,
la tierra agreste y dura, península
seca y sedienta a pesar de ser cabeza
septentrional adentrada al mar.
Venía sudando la vida de
muchacho jornalero. Hijo, hermano,
camarada, compañero, amigo.
Se hizo niño y obrero. Había
nacido en Coro, la Ciudad Mariana.
Carajito vivaracho y locuaz. Boxeador
y limpiabotas; rebelde y querendón;
con ansias de abrir caminos en los
surcos donde hasta la gleba cantaba;
donde el viento silbaba; donde el
amanecer de cada lata de agua, era
duro y llevadero.
Cerro y monte donde el turupial
cantaba con libertad; la abuela
de tanto amor llamada Mamá
Pancha rezaba para ahuyentar la
sequía. Al fin y al cabo
era un solo canto, un sólo
rezo, un sólo amor por la
tierra, muy a pesar del estío
duradero.
El vientre sonoro que lo alumbró,
le confió el soplo providencial
para hacer la canción que
llevaría a cuestas, especie
de placebo solidario dispuesto a
ayudar al prójimo. Un buen
día nos entregó la
canción que necesitábamos
–para dignificar la vida-,
por eso la llamó necesaria,
y le dio matices de gloria, y la
armó con el candoroso fusil
de poemas, poniéndola en
boca de todos, acompañando
el eterno trajinar de los hombres
y mujeres que han tomado partido
por la vida, aunque también
cantó por los que marcharon
alrevés y contra ellos mismos,
porque el muchacho fue noble, amplio,
generoso y HUMANO.
Aprendió a leer -cómo
oyente- en una escuelita paraguanera.
Después marchó a Caracas
en busca de la esperanza que Carmen
Adela, su madre, y sus hermanos,
ansiaban desde hacía tiempo.
Su padre, Antonio Isidoro Primera,
quedó sembrado en el camino,
siendo Alí muy niño;
una bala mortal alcanzó su
humanidad de buen hombre; policía
y artesano, constructor de sueños
infantiles en cada juguete de madera
que sus manos honestas fabricaron
para sus hijos y para los hijos
de sus amigos, para los hijos del
pueblo.
Se hizo Bachiller en el Liceo Caracas
de la Capital; después la
Universidad Central; apenas comenzaba
su periplo de juglar irreverente.
Las luchas políticas y estudiantiles
de los años sesenta forjaron
al hombre trocado en cantor popular,
entre serenatas y estudios; entre
combate y guitarra; entre militancia
y canto. Luego, Europa, Suecia,
Unión Soviética, Rumania,
Alemania. Aquel mundo terminó
de fraguar la canción comprometida
templando la tesitura redentora
de su garganta. La solidaridad con
los pueblos hermanos del mundo,
agredidos u olvidados, excluidos
y humillados, lo condujo a no vender
su canto sino a entregarlo con fuerza
y amor en cada encuentro solidario
a los panitas del tercer mundo.
Allí abrazó la causa
del Vietnam invadido y bombardeado
en sus niños, madres y ancianos.
En cada paso que daba, llevaba la
patria bolivariana clavada en su
alma de poeta irreverente.
El retorno a Venezuela sirvió
para agigantar su huella cantarina;
moldeó la canción
matizada de mensaje con todos los
argumentos de la sabiduría
popular. No dejó de lado
casi nada que fuese de interés
humano para sus compatriotas. Desde
Reverón hasta Pío
Alvarado; desde Armando hasta Luís
Mariano, encontraron en la canción
de Alí, el abrazo y el apoyo
por hacer más digna la patria.
Hace dos décadas cambió
de paisaje, y nos sigue diciendo
que debemos continuar el camino
de la lucha por y con los seres
que pueblan el planeta de esperanza,
ahítos de alegría,
ávidos de luz, repletos de
amor. Hemos encontrado el sendero
de triunfo dándole el beso
de amor a la patria para cerrar
su herida de siglos después
de quinientos años, apurando
el parto de la historia, ayudándola
a parir pa´que se ponga bonita.
La canción de Alí
se posó entre nosotros desde
siempre y quedó clavada en
la sonrisa de todos; huele a yerbabuena
y a flores recién cortadas;
está fresquita y olorosa,
y perdurará su frescura hasta
la eternidad de los hombres libres.
La canción de Alí
no suena a viejo; suena a vida.
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