Maracaibo
nos muestra dentro de sus casas
de tinte antaño, imágenes,
nombres, calles, aledaños
y frases que con el pasar del tiempo,
se han fijado como una fresca sonrisa
del ayer, con la imaginaria fragancia
de traspatios y lugares que eran
el refugio de poetas, cantores y
artistas de toda índole.
Jesús Bravo González
es una muestra evidente de esa generación
que aún nos cuenta con el
cuatro, las magias de ese Maracaibo
de ayer, des este o aquel lugar
del Zulia, que irradia todo un mundo
de policromías, que sumadas
a una devoción profunda de
las greyes por su China, despiertan
junto al arpegio del cuatro, sus
más profundos sentimientos
por los colores locales y por esas
pequeñas cosas que alimentan
tanto a esta tormentosa ciudad.
“Chucho” Bravo…
afable, sencillo y poeta, pincela
a trazos coloridos, estos rincones
donde el desasosiego es duro y donde
el arte parece importar poco. Andante
de mil caminos y de incontables
noche de trova, ha hecho posible
que la contradanza salga de un lecho
oscuro, para con sus cadencias volver
a trascender por encima de los signos
de una decadencia disfrazada de
progreso.
Noches de alegoría magistral,
donde cualquier velada era buena
para entonar junto a la brisa, notas
guardadas como buen latino a nombre
de la bohemia.
Cantor de serenatas, batallador,
introvertido y discípulo
de uno de los hombres más
expresivos y mágicos de la
región como lo es Rafael
Rincón González.
Juntos van a transitar por mercados,
patios de tertulia, de gaitas por
la mano, van a construir un sitial
muy importante en las composiciones
de la música regional y aún
más, van a captar al público
más importante para el poeta:
El Pueblo.
Cuando la cerveza aún se
vendía en saco y Jesús,
apenas era un adolescente, triunfa
en su primera incursión;
como solista y como compositor,
quizá desde ese momento comienza
un largo viaje hacia un número
considerable de composiciones.
Fotografiando las imágenes
de la calle, “Chucho”
logra atar por la mano los tiempos
añejos con los tiempos “nuevos”.
Va a ser el manantial de otra gran
voz como lo es Deyanira Enmanuels,
quien se va a convertir, luego de
la interpretación de la hermosa
pieza de Rafael Rincón González,
“Las campanitas”, en
una de las solistas más respetables
de nuestro acervo musical regional.
Pero Jesús, no se queda
simplemente con la gaita, trasciende
a otros ritmos musicales, y ya en
Estados Unidos, se convierte en
una especie de embajador en cualquier
sitio que se prestase, para interpretar
nuestra música. Cultiva el
bolero y participa con el ciclo
de exaltación de la música
caribe cuando logra escribir sones,
guarachas, algunas piezas que yo
considero cercanas a las piezas
del folclor cubano. Ha compuesto
música para vidalitas, carnavalitos,
san juanitos, fulías, música
negroide, calipsos, joropos, valses,
corríos, música infantil,
etc.
Luego logra consolidarse, junto
a Rafael Rincón González,
con una agrupación que por
años tomará las riendas
del mundo gaitero, al ser el primer
grupo de su tipo en viajar al exterior
e incluir en sus ejecuciones el
cembalet, ejecutado magistralmente
por el Dr. Guillermo Rincón
González. Me refiero por
supuesto a Los Compadres del Éxito.
Jesús Bravo González
puede considerarse, junto con “Bambaíto”
Guzmán, Eurípides
Romero, Bernardo Bracho, “Chinco”
Rodríguez, Roque Atencio,
Simón García, Jesús
Lozano, Heberto J. Pedraja, el Padre
Vílchez, Oquendo Delgado,
y otros tantos, en los mejor que
la región ha guardado en
su seno, para que hoy por hoy nos
brinden lo mejor de sus repertorios.
Compositores que han hecho un paréntesis
en materia de composición,
pues no han sido valorados con justicia
y quizá sea el momento de
iniciar un movimiento que pueda
retomarlos y darles ese sitial que
ahora desplazan “la payola”
y los mercaderes del disco.
“El poeta del dieciocho”
aún camina pintando con policromías
“los rostros de cera”,
las mañanas decembrinas,
las cuerdas del cuatro, como buscando
dentro de él la melodía
eterna que no muere y que se revitaliza
por encima de los extraños
presagios del tiempo de hoy. “El
poeta del dieciocho” aún
tiene mucho de esas viejas andanzas,
lleva consigo hojas blancas de papel
para escribir muchas gaitas, y una
sonrisa característica, que
tiene el abrazo y la estatura de
un amigo.
Jesús Bravo González
forma parte de esas memorias incontables
que nos dejara en su lengua Elías
Sánchez Rubio, y que simbolizan
a los zulianos que jamás
están en decadencia.
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