Cortesía:
Pbro. Lic. José Gregorio
Pineda
A este San Benito se le llama de
Palermo, por la ciudad en que murió,
o de San Fratello o San Filadelfo
por el lugar en que nació,
o también el Moro o el Negro
por el color de su piel y su ascendencia
africana. De joven abrazó
la vida eremítica, pero más
tarde pasó a la Orden Franciscana.
No tenía estudios, pero sus
dotes naturales y espirituales de
consejo y prudencia atraían
a multitud de gente. Aunque hermano
lego, fue, no sólo cocinero,
sino también guardián
de su convento y maestro de novicios.
San Benito el Moro nació
en 1526 en San Fratello, antes llamado
San Filadelfo, provincia de Mesina
(Sicilia), de padres cristianos,
Cristóbal Manassari y Diana
Larcari, descendientes de esclavos
negros. De adolescente Benito cuidaba
el rebaño del patrón
y desde entonces, por sus virtudes,
fue llamado el «santo moro».
A los veintiún años
entró en una comunidad de
ermitaños, fundada en su
región natal por Jerónimo
Lanza, que vivía bajo la
Regla de San Francisco. Cuando los
ermitaños se trasladaron
al Monte Pellegrino para vivir en
mayor soledad, Benito los siguió,
y a la muerte de Lanza, fue elegido
superior por sus compañeros.
En 1562 Pío IV retiró
la aprobación que Julio II
había dado a aquel instituto
e invitó a los religiosos
a entrar en una Orden que ellos
mismos escogieran. Benito escogió
la Orden de los Hermanos Menores,
y entró en el convento de
Santa María de Jesús,
en Palermo, fundado por el Beato
Mateo de Agrigento. Luego fue enviado
al convento de Santa Ana Giuliana,
donde permaneció sólo
tres años. Trasladado nuevamente
a Palermo, vivió allí
veinticuatro años.
Al principio ejerció el
oficio de cocinero con gran espíritu
de sacrificio y de caridad sobrenatural.
Se le atribuyeron muchos milagros.
Se le tenía en tal aprecio
que en 1578, siendo religioso no
sacerdote, fue nombrado superior
del convento. Por tres años
guió a su comunidad con sabiduría,
prudencia y gran caridad. Con ocasión
del Capítulo provincial se
trasladó a Agrigento, donde,
por la fama de su santidad, que
se había difundido rápidamente,
fue acogido con calurosas manifestaciones
del pueblo.
Nombrado maestro de novicios, atendió
a este delicado oficio de la formación
de los jóvenes con tanta
santidad, que se creyó que
tenía el don de escrutar
los corazones.
Finalmente volvió a su primitivo
oficio de cocinero. Un gran número
de devotos iba a él a consultarlo,
entre los cuales también
sacerdotes y teólogos, y
finalmente el Virrey de Sicilia.
Para todos tenía una palabra
sabia, iluminadora, que animaba
siempre al bien.
Humilde y devoto, redoblaba las
penitencias, ayunando y flagelándose
hasta derramar sangre. Realizó
numerosas curaciones. Cuando salía
del convento la gente lo rodeaba
para besarle la mano, tocarle el
hábito, encomendarse a sus
oraciones. Dócil instrumento
de la bondad divina, hacía
inmenso bien a favor de las almas.
En 1589 enfermó gravemente
y por revelación conoció
el día y hora de su muerte.
Recibió los últimos
sacramentos, y el 4 de abril de
1589 expiró dulcemente a
la edad de 63 años, pronunciando
las palabras de Jesús moribundo:
«En tus manos, Señor,
encomiendo mi espíritu».
Su culto se difundió ampliamente
y vino a ser el protector de los
pueblos negros. Fue canonizado por
Pío VII el 24 de mayo de
1807.
Fuente: Ferrini-Ramírez,
Santos Franciscanos para cada día,
Asís, Editorial Porziuncola,
2000, pp. 104-105
Su cuerpo, que aún se conserva
incorrupto en el convento de Santa
María de Jesús junto
a Palermo, empezó en el acto
a ser objeto de la pública
veneración de los palermitanos.
Los innumerables milagros obrados
por su intercesión obligaron
a la Santidad de Benedictino XIV
a beatificarlo; y después
de nuevos prodigios, Pío
VII le colocó en el catálogo
de los Santos.
Fuente: Luis M. Fernández
Espinosa, Año Seráfico,
Barcelona-Madrid 1932, T. I, pp.
294-298
La sincrética devoción
a San Benito en el Zulia
En el estado Zulia la devoción
al santo negro de Palermo está
especialmente acentuada en la Costa
Oriental y en el Sur del Lago de
Maracaibo, así como en Maracaibo
propiamente.
El culto a San Benito en el Zulia
se propagó gracias a los
franciscanos, los capuchinos y los
agustinos, y al fusionarse con la
devoción a la deidad africana
Ajé, originó una de
las fiestas más autóctonas
de Venezuela.
Tal sincretismo, movió la
celebración original al 27
de diciembre, fecha en la que anualmente
el canto y el baile de los chimbangueles
honra al Santo Negro, junto a los
actos litúrgicos.
Ajé era hijo de uno de los
primeros reyes de Abomey, y de una
doncella violada por él.
A su nacimiento, la madre encargó
al padre su crianza, pero Ajé
dedicó su vida a buscarla
incansablemente por el mundo, dejando
en el camino una siembra de bondad
y hermandad que lo elevó,
a su muerte, a los altares divinos
de la religión fons de Dahomey.
Los chimbangueles son también
originarios de África, y
es un culto que se remonta al periodo
colonizador, cuando los esclavos
traídos del continente negro
y en vista de las imposiciones de
los santos de los blancos, fusionaron
su devoción a las divinidades
africanas con las de San Benito
de Palermo, aparentemente un análogo
de la deidad Ajé, cuyas historias
tienen en común la bondad,
la entrega desinteresada y la ayuda
a los más necesitados.
Fuente: Diccionario de Historia
del Zulia de Luis Guillermo Hernández
y Jesús Ángel Parra. |