¿Cómo podría mejorarse la elección de la Gaita del Año?
 
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Sabor Gaitero

Caibo lanza en digital y por tiempo limitado su segundo disco “Poesía Criolla”

 

Con letras llenas de sentimientos, de vivencias propias y de terceros, y un sonido definitivamente vanguardista, Beethzart Acosta y Simón “Toto” Ruiz, el dueto Caibo, colocó en línea –por tiempo limitado- todos los temas de su segunda producción discográfica titulada “Poesía Criolla”, un trabajo de más de un año, en el cual según sus mismos creadores confiesan, se cuidó cada detalle para que sus seguidores escucharan lo más hermoso posible este sueño hecho realidad.

Beethzart y Toto se sienten parte de una pieza importante de la música en Latinoamérica, y se autodefinen como un pedacito de Maracaibo que palpita en un gran sonido y alegrías. Estos dos jóvenes soñadores son productores musicales, autores, directores, arreglistas y programadores de sus propios proyectos.  Su primer disco, “Tres son multitud” les sirvió para abrirse camino en el mercado venezolano, mexicano, estadounidense y centroamericano, obteniendo gran reconocimiento de fanáticos y críticos musicales, gracias  a la fusión de los sonidos afro-venezolanos con el pop, y la protagónica presencia del cuatro, instrumento nacional.

Para su segundo disco “Poesía Criolla” contaron con el apoyo de los ganadores del Grammy Latino Boris Milán y Edwin Andrade, en mezcla y masterizado, entre otros destacados músicos de la región. El primer sencillo “Bájate de esa nube”, se catapultó rápidamente antes de su lanzamiento oficial en los medios, gracias al apoyo de sus seguidores y fanáticos a través de las redes sociales, convirtiéndose en un excelente abreboca para el estreno del video, a cargo de Bolívar Producciones.

Esta producción cuenta con 12 temas, que se pasean por la parranda venezolana, baladas acompañadas sólo por el piano, calipsos, gaitas de tambora y sangueos, que se mueven entre la alegría fiestera y desenfadada, el romance y el despecho, aunque todas tienen en común esa lucecita de esperanza, y la promesa del disfrute de una producción sin ningún tipo de desperdicio, hecha con el corazón y en cumplimiento de lo que Beethzart y Toto han definido como misión de vida, con un profundo amor por Venezuela y sus formas musicales. Pura poesía criolla.

Descarga el disco “Poesía Criolla” ingresando en www.caibo.com.ve

Escucha aquí "La promesa"



Caibo - “Bájate de esa nube”

 

 

 

 

Ricardo Cepeda, un corazón valeroso para cantar por @leonmagnom

“La música ha de ser un
instrumento para el desarrollo del hombre,
y no una estética intrascendente”.
José Antonio Abreu (Valera, 1939)


Pocos seres tuvieron el privilegio de tener como maestro en su aula a Ricardo Aguirre, el cantor gaitero formado para la docencia en el Rubio del Táchira. El único individuo que la historia del Zulia ha registrado como alumno de Aguirre, en la Escuela  Panamericana,  y como fiel aprendiz de su canto, es Ricardo Cepeda. La vida le dio esa regalía, la oportunidad de ver en un salón de clases a ese vocalista gigante, que a la vez, era un maestro cálido,  humanista pedagogo.

Con nombre de origen germánico: Ricardo, que designa a un rey valiente, se ha paseado por los escenarios de Venezuela e Hispanoamérica, como dueño de una voz privilegiada, de gran brillo y excelsa melodía.

El 8 de noviembre de 1952 nació como el primer hijo de José Cepeda, un gaitero oriundo de Punta Iguana, en la Costa Oriental del Lago. Su madre, María Chiquinquirá Olivares, una piadosa devota de la Virgen, marcada con su nombre, de profunda tradición musical. Lo bautizaron en la barriada Santa Lucía como Ricardo José.

Exactamente el día que Ricardo celebraba su cumpleaños 17, se produjo el fatal accidente que segó la vida de Ricardo Aguirre. Su maestro moría en una calle de Veritas a los 30 años de edad, en pleno cenit de su carrera musical.  Ese día aciago se produjo un cambio, un gran viraje: se iba Ricardo José Aguirre y dejaba en su lugar a Ricardo José Cepeda. Fue como una carrera de relevos, donde el maestro pasó el testigo a su mejor alumno, su tocayo dos veces. Tenían cierto parecido físico, ambos de tez morena, usaban lentes de pasta, cabello ralo y crespo, con timbres vocales muy semejantes: sólo  diferenciados en los registros graves que poseía Aguirre González, que eran extraordinarios.

Ricardo José Cepeda Olivares comenzó a gaitear con grupos aficionados: Los Tauros, Ciclones, Armonía Gaitera. En 1969 debutó en la gaita profesional con Los Tucusones de Ana Stael Duque. Allí lo vio Douglas Soto, el gran mecenas y promotor, y lo llevó a las filas de Cardenales del Éxito al año siguiente, donde permaneció hasta 1979. Eso constituyó la primera etapa en la célebre agrupación, con ellos grabó temas que se han convertido en clásicos inmortales: “Aleluya” (1971), “Sentir zuliano” (1972), “La piragua” (1973), “Mi ruego” (1974), “El bambuco” (1975), “Alguien canta” (1977), “Celestina aurora” (1979) y “Viejo ilustre” (1979).

“Un bambuco y una serenata
le dieron vida a un amor
un mozuelo cantaba a una flor
que más tarde sería mi madre
le cantaba mi futuro padre
lleno de inmenso fervor”
(Renato Aguirre, 1975)

En esa temporada de 1975,  Ricardo resultó ganador con la composición “Sabor añejo” de Astolfo Romero del primer lugar en el Festival de Gaitas “Virgilio Carruyo”:

“Los alegres albores
del diciembre sin igual
los venimos a evocar
como en tiempos anteriores
cuando los gaiteros viejos
parranderos de excelencia
nos cantaban con esencia
gaitas de sabor añejo”
(Astolfo Romero, 1975)

Cardenales del Éxito era una agrupación muy completa, donde desplegaban su talento Astolfo Romero, Pedro Rossell, Ricardo Portillo, Ender Fuenmayor, Daniel Alvarado. Ricardo Cepeda representaba el cantar solemne, la devoción a la Virgen Morena.

En 1980 se produce el deslinde de los Cardenales del Éxito de Pedro Suárez y nace la Universidad de la Gaita. Cepeda integra esa divisa y coloca temas en la cartelera nacional de éxitos: “Que viva la democracia”, “Cita con Ricardo” y  “Aquel Zuliano” del álbum titulado “100 años de gaita”:

“Fresca está la madrugada
y en la aurora maracucha
una inmensa voz se escucha
es el bardo que en parrandas
cantando sus gaitas anda
deleitando a quien lo escucha”
(Renato Aguirre, 1980)

Con el impacto generado por “Aquel zuliano” se consolidó la dupla artística  Aguirre-Cepeda, dueto creativo de alta factura. Renato como cuatrista y compositor, ocupa un sitial de honor en su ateneo de compositores más queridos. Volvieron a coincidir como binomio exitoso en Cardenales del Éxito reagrupado, cuando Chichilo Urribarrí adquirió el conjunto, en 1986. En esta segunda etapa con la divisa roja, logra éxitos nacionales como “Ceuta”, “Mis promesas”, “Como un extraño”, “Mi hermano”, éste último de su autoría, una gaita agradecimiento de Ricardo Aguirre a su hermano compositor:

"Mi hermano cómo estáis
con el permiso de Dios
vengo a agradecerte a vos
las gaitas que me cantáis.
De parte de mi Chinata
traigo mensaje de luz
de su bella excelsitud
en mi vida espiritual”
(Ricardo Cepeda, 1990)

Cardenales del Éxito - Mi hermano (En Vivo en Sábado Gaitero)

En 1989 participó en la fundación del conjunto VHG, divisa que tomó el nombre de la canción de Conny Méndez: “Venezuela habla cantando”, por una sugerencia  de Jesús Terán Chavín. Con el VHG grabó “La historia de la grey”, “Mi vida es cantar”. Allí de nuevo compartió la escena con Renato Alonso, Chavín, Ender Fuenmayor, y se anexaron los jóvenes talentos: Ozías Acosta y  Jaime Indriago.

En paralelo a su militancia con las agrupaciones gaiteras, Ricardo ha sido un “Fláneur”, es decir un incansable viajero. Ha cantado en muchas ciudades de América del Sur, España, Estados Unidos y el Caribe. No sólo ha destacado interpretando  gaitas, también cantando valses, danzas y boleros. El maestro Luis María Frómeta  le propuso ser bolerista de su orquesta Billo´s Caracas Boys, y no quiso irse a vivir en Caracas. En una demostración de gratitud y admiración al maestro dominicano, grabó el tema homenaje “Al cantor de Caracas” con La Universidad de la Gaita.

“Escuche mi amigo, mi gaita zuliana
alegre se ufana, poderle cantar
escuche maestro, cantor de Caracas
su musa me atrapa y la quiero obsequiar”
(Renato Aguirre, 1982)

Su vocación de cantor de décimas y coplas lo impulsó a grabar la colección “Zulianizando” con el conjunto “Los Marabinos”, propuesta que tuvo una gran aceptación entre sus seguidores. Eso está muy bien reflejado en el libro biográfico escrito por el doctor William Briceño, obra que ha recibido los mejores comentarios y ha tenido una gran difusión.

En 1990 regresó a cumplir una tercera etapa en Cardenales del Éxito, bajo la égida de Ricardo Portillo. En esta tercera etapa impuso los temas “Mi ranchito” (1993) y “Madre es madre” (1994), premiadas por unanimidad como “gaitas del año”. Entre lauros y aplausos vivió intensamente ese tercer ciclo cardenalero.

En 1998 fundó su agrupación Los Colosales, utilizando en plural el calificativo que le colocó en su programa radial el doctor Octavio Urdaneta: “El Colosal”.  Con su agrupación florecieron éxitos como “El vendedor de flores” (1998) y “De la vida real” (2000), y los temas del falconiano Elías Hernández “El barrio de mis andanzas” (1999) y “El cofre” (2001). Ha conseguido premios con las  gaitas “Campechano”, “Cántame” y “Como pompas de jabón”. Los Colosales de Ricardo Cepeda es una marca consolidada en el mercado musical Venezolano, su agenda de presentaciones y su demanda discográfica está garantizada, sustentada por la sólida imagen de Ricardo Cepeda,  la máxima figura  gaitera de la actualidad.

“El barrio de mis andanzas
donde viví a plenitud
donde transcurrió mi infancia
mi niñez, mi juventud
con inquietud y embriagado de añoranzas
regreso con la esperanza
de pasar mi senectud”
(Elías Hernández, 1999)

Ese sitial como artista popular lo ha ratificado su actuación en el magno concierto de los 30 años de Serenata Guayanesa en el Teatro “Teresa Carreño”, donde fue invitado de honor junto a Neguito Borjas; las producciones que ha realizado con Huáscar Barradas, los conciertos con la Orquesta Típica del Estado Zulia y con la agrupación mariana Los Chiquinquireños, conjunto que realiza música folclórica para transformar al hombre, su espiritualidad, y no como una propuesta armónica intrascendente; como nos enseñó el maestro Abreu.

Al igual que su mentor Ricardo Aguirre, a Cepeda la radio le tocó su alma, la ha hecho con gran solvencia, en distintas emisoras por casi dos décadas.

Su talante de líder, lo llevó a incursionar en la política sin acierto. Compitió por un curul como concejal del municipio Maracaibo, lo apoyaron las fuerzas progresistas, pero sufrió una aplastante derrota de las viejas huestes adecas. Pareciera que la ciudad le hubiese dicho: “Eres mi hijo predilecto en la gaita, más no te quiero en los potreros de la política”.

En el año 2010 se le agudizó una dolencia en los huesos de la cadera, que lo venía molestando desde hacía algún tiempo, producto de una artrosis. Por ello, fue sometido a dos intervenciones quirúrgicas de las que salió bien librado. Después de realizar con rigurosidad la rutina de terapias, enfrentó su temporada más productiva como empresario independiente; la del año 2011.

Ricardo Cepeda Olivares comparte sus días con su tercera esposa Ángela Bozo, con sus siete hijos: Ricardo, Luis, Argenis, Nazarely, Daniela, Gerardo y Ricardo José. Está rodeado de sus compañeros del conjunto de arpa Los Marabinos, con quienes interpreta danzas y bambucos, siguiendo los pasos del gran payador de Isla de Toas: Víctor Alvarado. Sus días son plácidos junto a los integrantes de Los Colosales. La legión de venezolanos que le seguimos, coincidimos en que él es el mejor alumno del Monumental Aguirre, que ha superado su comprobación a través de los años, con notas sobresalientes.

Como él mismo lo compuso:

“Tengo la musa en bajada
mi alegría es un portento
y al cantar gaita presiento
que mi alma está emocionada”
(Ricardo Cepeda, 1974)

Tenemos un coloso de nuestro canto, con cinco décadas de carrera y sus musas siguen encendidas. Su voz está en las ensenadas y escenarios de nuestra patria, es un Ricardo, como el rey de corazón valiente, que ha sido confaloniero del mayor legado aguirreño. Él es voz identitaria y alma de nuestra eterna serenata a la ciudad.

Twitter: @leonmagnom
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Gustavo Dudamel en Maracaibo

Twitter: @leonmagnom


Cuando estudié  solfeo en el Conservatorio “José Luis Paz”, a principios del decenio de los años ochenta, pensaba que la música sería mi oficio, mi único mundo laboral y creativo. Era un muchacho que entraba alucinado a un  mundo de sonidos perfectos bajo la égida del maestro Oscar Faccio (padre).  Nunca dudé de mi amor por la música, desde entonces la considero  la creación más importante del hombre, el único lenguaje que  comunica en un instante a toda la humanidad.

Sin embargo, nunca pensé que pudiera ver a un músico dirigiendo una orquesta constituida por 150 instrumentistas ejecutando obras de Gustav Mahler, de Beethoven y la obertura de 1812 de Tchaikovski en la Maracaibo cuna de la  gaita, de los vallenatos en autobuses  desbordados y de reguetoneros buscando “La Orquídea” en una plaza de  toros repleta de niñas histéricas. Y menos previsible aún, que lo realizara ante 12.000 espectadores, delirantes por la presencia del director de orquesta Gustavo Dudamel.

Ese  momento lo vivimos el 29 de enero  de 2010 en el estadio “Luis Aparicio”, viendo  hileras interminables de gente, bajo el sol severo de las 3 de la tarde, esperando entrar para colmar las tribunas del templo beisbolero. Gente de diversos  grupos etarios, con vestimentas variopintas,  unidos únicamente por el amor a la música, expresando  su apoyo  entusiasta a la Orquesta “Simón Bolívar”.

Ese estadio encierra el recuerdo de Alí Primera. Allí el gran cantor falconiano  realizó “La Canción Bolivariana” en 1983 con un éxito atronador, a pesar del sabotaje que pretendieron hacerle  grupos de poder y medios dominantes de la época. En esa ocasión nos visitaron cantores de toda América y de muchos rincones de Venezuela para actuar ante una gradería repleta de la gente que amaba  la música de Alí Rafael, que eran sus seguidores genuinos. Allí conocí a Lilia Vera, hermosa cantora, voz de Venezuela.

La jornada musical de ese 29 de enero 2010 que rememoro ahora, comenzó con la actuación de los adolescentes que conforman la agrupación Los Zagalines del Padre Vílchez. Al presentarlos al lado de Andreína Socorro, destacamos  su carácter de escuela de gaiteros del municipio de San Francisco, que funciona como un granero de talentos desde 1971, una creación del Padre  Vílchez 18 años después de su arribo a esa parroquia.

Luego entraron a escena los laureados integrantes del Quinto Criollo que  celebraban 35 años de trayectoria, con Amada Campbell a la cabeza, y quienes interpretaron danzas  zulianas y la gaita de Renato Aguirre "Aquel Zuliano", obra que recientemente cumplió 31 años de su publicación en el álbum “100 años de gaita”, en 1980.

La  gente abarrotó las gradas del “Luis Aparicio El Grande”,  entregando  ayudas para la nación hermana  Haití a la entrada. Esos donativos fueron  el principal leitmotiv del evento. Se recolectaron cerca de diez toneladas de alimentos y vituallas que fueron enviadas a Puerto Príncipe, la capital haitiana arrasada por el terremoto de 7.1 grados de intensidad, el 12 de enero de ese año.

Llamamos al escenario al consejero de la Embajada de Haití en Venezuela, el señor Lesley David, quien con palabras  sencillas y en tono sereno agradeció la solidaridad y generosidad  de los marabinos.

Luego  comenzó su actuación Vocal Song, ganadores de un disco de platino. Los recibió el público con una gran ovación. Ellos se pasearon por temas éxitos de sus tres álbumes, todos ejecutados sin acompañamiento instrumental, sin pista, sólo con sus voces y talentos infinitos. La antesala zuliana la cerró Huáscar Barradas con su grupo Maracaibo. Simultáneamente, entraron los Servidores Marianos con la réplica de la Virgen de Chiquinquirá, mientras los asistentes entonaban su himno  "Gloria a ti casta Señora”. Minutos después, las notas de la canción “Venezuela”, llenaron el cielo zuliano y así todo quedó preparado para la entrada en escena del genio Dudamel.

Comenzaron a sentarse ante su atril los jóvenes músicos de la sección de cuerdas, luego los de  viento-madera, más tarde entró la sección de  viento-metal y finalmente la percusión; todos ataviados con la chaqueta de nuestro tricolor patrio. En las gradas los maracuchos eufóricos realizaban la ola, cual juego del día de La Chinita. Fue una noche de luna llena en la ciudad lacustre, donde la euforia explotó cuando se produjo la entrada del director de la Orquesta Juvenil de Venezuela: Gustavo Adolfo Dudamel,  joven barquisimetano que había cumplido  29 años de edad tres días antes, el director titular de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, que ha dirigido en las principales capitales de Europa y ha recibido los más prestigiosos galardones como batuta consagrado, catalogado como “el hombre que rejuvenece la música clásica”.

El concierto duró cerca de 90 minutos y culminó con el mosaico de mambos de Pérez Prado con coreografía de los músicos incluida. La ovación se convirtió en el coro de "otra... otra", y el joven maestro marcó el compás de 3 por 4 para dar inicio al “Alma Llanera”, para el cierre memorable.

Fuimos testigos de un gran gesto de solidaridad con una nación hermana en crisis, de una imponente exhibición de talento musical en una ciudad que hemos soñado muchas veces, afecta al hecho artístico trascendente, digna capital del arte. Ojalá los políticos que dirigen circunstancialmente el Zulia, aprendan que somos mucho más que un rebaño que delira por el vallenato y el reguetón, que definitivamente impulsen nuestras formas musicales en las escuelas, en los grandes eventos  y medios de comunicación.

Ojalá estas autoridades dejen atrás la falsa cultura de “La Orquídea de Venevisión”  suspendan los escandalosos patrocinios para ese espectáculo insustancial, un vodevil provinciano y burlesco, que como ciudad nos hace risibles y vacuos ante el mundo.

 

 

Rafael Escalona: El corazón puro del vallenato

Los juglares iban de pueblo en pueblo
cantando acontecimientos”
Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927-2014)

Los compositores populares tienden a permanecer por muchos años en la memoria colectiva, logran estar presentes en ese espacio común de los sueños. Ellos recogen el sentir de la gente: sus despechos, anhelos, frustraciones, motivos de fiesta, juramentos, y lo traducen al lenguaje universal de las notas y las rimas, los convierten en evocación;  sus canciones buscan el eco prismático de las palabras.

Colombia es una nación de grandes poetas, de excelsos compositores, es la madre de una poderosa música que nace en sus pueblos costeños, la que llamamos: paseíto, sones, vallenatos y cumbias. De esa tierra fecunda y pasional, han surgido excelentes trovadores, como: Pacho Galán, Lisandro Meza, José Barros Palomino, Juan Bautista Madera Castro y Leandro Zuleta. Pero el más admirado de todos, incluso por el genio de la narración ficcional Gabriel García Márquez, ha sido Rafael Escalona, bardo al que retrató en su obra, a quién ofrendó lo mejor de su amistad. El Gabo le dedicó momentos estelares de su vida a su estimado “Rafa”, episodios inolvidables de su espléndida carrera como escritor, lo hizo un personaje de su novela “Cien años de soledad” y de “El Coronel no tiene quien le escriba”.

Escalona nació el mismo año que el Gabo, 1927, en el caserío Patillal, en el Cesar, territorio donde los prodigios diarios superan a los vericuetos de los cuentos. Fue el 26 de mayo cuando llegó a este mundo, siendo el séptimo hijo de Clemente Escalona Labarces, un veterano de la “Guerra de los mil días”, y de Margarita Martínez Celedón. Según narra el propio García Márquez, cuando la madre de Rafael estaba en los días cercanos al alumbramiento, desde su vientre salían notas con una gran melodía, y concluyó: “El niño va a nacer cantando”. Desde que nació Rafael, en su casa siempre hubo música, las canciones fueron una fuente inagotable que se combinaba con el sonido de los aguaceros de mayo, y de los chubascos de noviembre. Rafael y sus ángeles canoros las prodigaban, los ángeles que siempre le acompañaron, que hacían  inagotable su música.

De niño, Escalona fue inquieto y andariego, a los nueve años de edad lo llevaron a estudiar a Valledupar, la población vecina más próspera. Después estudió en el liceo Celedón de Santa Marta, en sus noches de internado, su libro de cabecera era “Las mil y una noche”. En 1945 Rafael Calixto conoció a su musa, al primer amor de su vida: “La Maye” Marina Arzuaga, a quien dedicó hermosas canciones. Una de las más emblemáticas, se la escribió en 1945, titulada “El testamento”:

Oye morenita te vas a quedar muy sola
porque anoche dijo el radio
que abrieron el liceo,
como es estudiante
ya se va Escalona
pero de recuerdo te dejó un paseo”

A los 15 años Rafa había compuesto un paseíto en homenaje a su admirado profesor Castañeda, fue un claro anuncio de lo que sería su fecundo talento musical: “El profe Castañeda”, lo tituló.

Cuando nació su primera hija Adaluz en 1951, en la casa se hizo parranda por varios días, con su voz grave de elegante barítono, Escalona solía cantar a capela, pues nunca tocó otro instrumento distinto a las palabras. Cuando su hija Adaluz cumplió 13 años le compuso “La casa en el aire”:

Voy hacerte una casa en el aire
solamente pa’que vivas tú.
Después le pongo un letrero bien grande
con nubes blancas que diga Adaluz"
(Escalona, 1964)

Años más tarde, publicó una novela biográfica con ese título “La casa en el aire”, que tuvo una modesta aceptación en Colombia.

Su prestigio como compositor fue agigantándose, sus temas poco a poco se convirtieron en clásicos que identificaban a Colombia en el panorama musical del Caribe. En 1968, Rafael ideó el “Festival de la leyenda vallenata” con el apoyo del entonces Gobernador del Cesar, de su comadre y biógrafa Consuelo Araújo Noguera. En ese evento participan los máximos exponente del género año tras año, con buenos premios, con la presencia de importantes personalidades, las que han sido jurados memorables, entre otros han figurado García Márquez, el expresidente Belisario Betancourt y López Michelsen. El evento cuenta con invitados especiales de otros géneros musicales: salsa, merengue, tropical pop, que cierran la cita anual con su concierto. Cada año se elige el “Rey vallenato”, tiene una gran difusión y hace una buena promoción del ritmo costeño. Hasta el 2015 se han realizado 48 ediciones del festival.

Cuando Escalona conoció a Gabriel García Márquez, este era un vendedor de enciclopedias en la zona de la Guajira, y Escalona se dedicaba a la siembra de arroz. Su amistad nunca tuvo altibajos, fue blindándose con el paso de los años. En 1982 cuando El Gabo fue a Estocolmo a recibir el Premio Nobel de Literatura invitó a Rafael Escalona, y estuvieron juntos en las gélidas veladas del premio. Luego de la ceremonia del Nobel, para homenajear a Rafael ante el mundo, Gabriel declaró: “Cien años de soledad solo es un vallenato de 350 páginas”.

En ocasión de recibir un ejemplar de su novela más célebre traducida al sueco, El Gabo la tomó y se la dedicó a su amigo de Patillal, y en la primera página del tomo escribió: “Para el único hombre que habría contado toda esta historia en tres minutos”.

En una hermosa crónica de tono fraternal, García Márquez describió el talento y el aporte de Escalona, la publicó el Diario El Tiempo en 1998: “El caso de Escalona es distinto, porque es quizá el único que no conoce la ejecución de instrumento alguno, el único que no se convierte en intérprete de su propia música. Simplemente, canta como lo va dictando el recuerdo y permite que a sus espaldas venga la ancha garganta del pueblo, recogiendo y eternizando sus palabras”. La delegación que acompañó a El Gabo a recibir su Premio Nobel, estuvo conformada por 60 personas: encabezada por Los Hermanos Zuleta, Carlos Franco y su Conjunto folklórico de Barranquilla, Totó la Momposina y sus tambores representaban el Caribe; la Negra grande de Colombia, el Pacífico; las danzas del Ingrumá de Riosucio dirigidas por Julián Bueno, la zona andina; el maestro Quinitiva con la música llanera. El líder de tal expedición artística fue Rafael Escalona.

Los temas de Escalona fueron grabados por grandes intérpretes, la costa atlántica conoció el fruto de su numen grandioso, algunos sonaban en Maracaibo gracias al sello Fuentes. En 1991, el cantante y actor samario Carlos Vives, protagonizó el dramático para televisión titulado “Escalona”, dirigido por el cineasta Sergio Cabrera, se convirtió en un éxito sin precedentes en América Central. En paralelo grabó el álbum “Escalona: un canto a la vida”, luego una segunda parte, se convierte en un récord en ventas.

En 1993, Vives lanzó su celebérrimo álbum “Clásicos de la provincia” donde compiló los grandes temas de Rafael Escalona, en él realizó una fusión de vallenato clásico y paseos con elementos del rock y el pop latino, incluyó quenas del altiplano. Como resultado tuvo un álbum neoclásico, con temas inmortales, muy vanguardista. Vives tuvo un éxito atronador, y el mundo entero conoció y celebró a Escalona como el mejor compositor de temas provincianos que se hacían universales.

“La gota fría” se mantuvo por muchos meses en los primeros lugares de las carteleras discográficas, y tuvo luego ciento de versiones, de diferentes tenores y estilos, el vallenato que en 1938 compuso Emiliano Zuleta Baquero:

Acordate Moralito de aquel día
que estuviste en Urumita
y no quisiste hacer parranda,
te fuiste de mañanita
sería de la misma rabia”
(Zuleta, 1938)

Gracias a esta producción todo el Caribe supo de la obra de Escalona, su repercusión. Fue una gran catapulta para llegar a varios países latinoamericanos con el vallenato. Hasta entonces en Venezuela “el vallenato sólo lo escuchaban las cachifas”, los obreros colombianos, no tenía el boom que vive ahora, ni remotamente.

En los años 70, Escalona fue diplomático durante la presidencia de Alfonso López Michelsen, estuvo en la Embajada de Colombia en la República de Panamá, esos fueron días sosegados, de reencuentros y nostalgias en la tierra de Omar Torrijos, el líder que recuperó El Canal interoceánico para su nación, el istmo querido por el maestro Escalona, lo sentía justamente: como una extensión de su patria.

La Academia Nacional de las Artes y Ciencias de la Grabación de los Estados Unidos, el Premio Grammy, en 2005 le confirió el galardón honorífico, un reconocimiento por su larga y fecunda carrera artística. Lo recibió entusiasta a sus 78 años, sonriente y cantando a capela:

Yo le traje un peine
comprado en Estambul
de tortuga verde
de una ballena azul.
Y para que suspire
toditas las mañanas
una nube rosada
envuelta en arcoiris”
(Escalona, 1980)

Rafa fue un buen dibujante, de trazo impecable, diseñador de sombreros y trajes de caballeros, experto en marroquinería, entendía los códigos de las pieles. Escalona tenía una sensibilidad suprema, con un poder de entendimiento superior al resto de los mortales. Tuvo 19 hijos en seis mujeres, vástagos que lo amaron y protegieron, murió en la capital Santa Fe de Bogotá, 14 días antes de cumplir 82 años de edad, por complicaciones cardíacas, luego de superar dolencias hepáticas, el 13 de mayo de 2009. Se le rindieron honores de héroe nacional, como el máximo exponente del vallenato.

Gracias a Escalona, el vallenato que nació en rancherías con piso de arcilla, entró en los grandes salones, conquistó capitales cosmopolitas, estuvo en las voces de los cantantes más reconocidos. Él dignificó ese canto de mestizaje, que logró unir a tres continentes, pues la música vallenata es producto de la creatividad de las tres razas que formaron la cultura costeña: los indios nativos, los blancos iberos y los negros africanos. Los instrumentos básicos del vallenato representan ese entrecruzamiento étnico: el acordeón es europeo, la caja es africana y la guacharaca es un instrumento indoamericano, muy antiguo.

Hoy escuchamos en la radio un vallenato triller, lleno de pasiones extremas, amenazas, más que expresar amor o desamor, expresa venganza, acechanzas pasionales. No contiene la poesía sencilla y profunda de los temas del maestro Escalona, ni el universo verbal de las cumbias de José Barros, como “La Piragua” que nos ilumina la imaginación cuando escuchamos:

Doce sombras, ahora viejos ya no reman,
ya no cruje el maderamen en el agua,
solo quedan los recuerdos en la arena
donde yace dormitando la piragua”
(Barros, 1969)

El vallenato actual, en su mayoría es simplón, muy básico, carente de genialidad, es un movimiento artístico de guapetones, de camionetas blindadas y guardaespaldas. En algunos casos, insuflado por padrinazgos del narcotráfico y lavadores de divisas. Los nuevos vallenateros deberían mirar con empeño, con admiración de discípulos, al sabio de las letras y melodías, Rafael Escalona: el corazón más puro de ese canto. Aunque debemos reconocer que ha conquistado espacios en el gusto popular del Caribe y en los medios de comunicación, como nunca antes.

En dos ocasiones se ha planeado en Bogotá la posibilidad de crear la “Cátedra Libre Rafael Escalona” para enseñar lo que es el canto costeño tradicional, sus costumbres y su heredad. Esa cátedra tendría como texto base el libro de Daniel Samper Pisano sobre la vida y obra del pionero de Patillal. Esperemos la inauguren y prospere.

Desde la ciudad de Maracaibo, urbe que Rafael Calixto Escalona visitó en varias ocasiones, donde llegó a hospedarse en el Hotel del Lago a finales de la década de los 60, le rendimos justo tributo a ese auténtico trovador del Atlántico colombiano. Cada canción suya es una historia que nos enseña sobre la vida, que nos mete en un mundo donde la imaginación respira, hace rimas, crea sueños y germina.




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Astolfo Romero, redivivo este 20 de mayo. Crónica por @leonmagnom

“Me celebro y me canto a mí mismo,
y  lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque  lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también”
Walt Whitman. (Estados Unidos, 1819-1892)

La primera vez que vi a Astolfo Romero estaba bajándose de su auto, un Renault 12 de un color amarillo jaldado. Descendió de su carrito francés en el barrio 18 de octubre donde vivió muchos años,  cuna de importantes gaiteros, sector  que irónicamente fundaron en 1946 para rememorar el golpe contra el General  Isaías Medina  Angarita.  El hombre que vi esa mañana  tenía la tez clara, era bajo de estatura, con abundante cabello castaño, bigote y lentes bifocales, se desplazaba muy jovial por la acera de la escuela “Monseñor Granadillo”. Lo miraba casi con idolatría al igual que mis compañeros del grupo  gaitero de la Cruz Roja del Zulia que me acompañaban, era para nosotros un astro de la galaxia musical criolla, el líder carismático del género pascuero. Para ese noviembre de 1975, él  sólo tenía 25 años de edad y ya militaba en sus queridos Cardenales del Éxito, su divisa hogar, su marca y blasón, su  maternal  morada en la gaita.

Astolfo Romero nació el 8 de febrero del año 1950, año cósmico del tigre, signo que lo marcó como un ser apasionado, con dotes de líder y de innovador, artista envarado.

Tributó su homenaje a la calle Jugo del barrio El Empedrao donde nació y vivió su niñez, siendo el  primogénito de Rafael Romero y Cira Elena Chacín. Luego se trasladó a casa de su abuela  Mamá Carmen y su tía Laudelina, en  la calle Soledad, ubicada entre la Bomba Múnich y  los Cepillaos de Jesús Ríos. En esa casa  aprendió a colaborar con el negocio familiar de  venta de empanadas y mandocas, en las madrugadas solía acompañar a su tía a comprar el maíz en la molienda de don José, situada entre las calles Colón y Soledad. Ese ritual lo retrató en su tema “La Molienda” grabado por Maragaita en la voz de Luis Germán Briceño (2000).

Su vivencia de adolescente en esa casa de la familia Romero la plasmó en su  gaita del año 1989, que cantó  con Cardenales del Éxito, “En la calle Soledad”:

“Seis raya cuarenta y dos
el número de la casa
que al abrir la puerta pasa
de primero papá-Dios.
Ese era el lema sincero
de aquellas trabajadoras
las dos viejas forjadoras
de la familia Romero”

Desde niño Astolfo Romero sintió admiración por los bomberos que veía  desayunar en el negocio casero de su abuela, llegaban al amanecer  con sus uniformes azules de ribetes rojos y dorados a comer empanadas con el “cuáquer tempranero”.  La fascinación que sentía por los uniformes y su aura castrense, lo llevó a trasladarse a Mérida para hacerse bombero profesional. En esa capital andina estuvo actuando con varios grupos de gaitas.

Regresó a Maracaibo a finales del decenio de los 60 y se integró a las filas del Conjunto Santanita, con ellos pega en las emisoras zulianas  “La otra tamborilera”. En el Conjunto Santanita compartió escenarios con los estelares Cheo Beceira, Danelo Badell y  Gladys Vera.

Pasó a las filas de Cardenales del Éxito en la década de los 70, donde permaneció hasta el año 1979, logrando pegar  en la radio venezolana  sus temas: “Guarapachando”, “El Fogón”, “Gabinete del Diablo”, “El Vapor”, “Chucurruley”, “Bahía de Cata”. Realizó composiciones para otros solistas que recibieron el máximo galardón de la época, el Festival Nacional de Gaitas “Virgilio Carruyo”: “Mi Orgullo” que interpretó Gladys Vera con Santanita (1975) y “Sabor Añejo” que cantó Ricardo Cepeda con Cardenales del Éxito (1976).

En el año 1980 Astolfo transitaba sus  30 años de vida, la edad que tenía Ricardo Aguirre al momento de morir en 1969, ese año pasó a La Universidad de la Gaita, acción tomada en solidaridad con sus compañeros de Cardenales del Éxito, que rechazaban la forma de dirigir de Pedro Suárez. Con La Universidad de la Gaita graba los éxitos “Mi Cacharro y yo”, “El Marciano”,  “Dos Fronteras”,  una de las últimas composiciones del poeta  Luis Ferrer (1981).

En 1983 toma el timón de Gaiteros de Pillopo y les da un nombre nacional. Al lado de Daniel Méndez, Argenis Carruyo y Danelo Badell colocan gaitas en los primeros pupitres de la popularidad: “La piñata”, “La Taguara de Bartolo”, “El Barbero”, “El Mercado de los Buchones”, “Morrocoy”.  Obtuvo  el primer lugar del Festival “Una Gaita para el Zulia” de Industrias Pampero en 1984, dirigido por Miguel Delgado Estévez. Se hizo de un gran prestigio nacional y una sólida imagen de director de agrupación bien intuido, exitoso, con la doble valía de ser cantautor.

Su compadre “Chichilo” Urribarrí lo nombró director de Cardenales del Éxito en 1986, cuando compró esa marca musical a Pedro Suárez quien padecía de serios quebrantos de salud, y reagrupa a los solistas estelares de  la década de los 70, los mismos que le dieron renombre nacional a la agrupación fundada por “El Monumental” Aguirre.  Allí compone los  temas “El Burro”, “Entre Palos y Alegrías”, “La Gallera”, “Diciembre”, “La Florecita”, “La Cardenalera”, en este último tema, su verbo encarnado plasma  su amor por la divisa cardenal:

“Muchos fueron los autores
propulsores del folclor
de calidad superior
porque fueron los mejores
mil gracias a esos señores
que ayudaron cada año
a escalar cada peldaño
de veinticinco primores.
La Cardenalera es
la que nos hacía falta
porque se siente la gaita
como la de otrora fue.
Época feliz también
que albergó en los corazones
las más gratas emociones
que evocar nos da placer”

Al comienzo de la década de los 90, Astolfo se plantea la necesidad de crear su propia agrupación y sale de los Cardenales en 1991 luego de grabar “Puro Corazón”. En el año 1992 crea La Parranda Gaitera, con sus compañeros Daniel Méndez, Pedro “Cantaclaro” Villalobos, Rafael Sánchez, Miguel Parra, Nano Silva, Humberto Bracho y logran impactar en el ambiente gaitero con impresionante sonido que amalgama la gaita tradicional con armonías de vanguardia.  Se consolidan con  las gaitas: “Cosa tan buena”, “Aplausos”, “El Bodegón”, “Viajando por Venezuela” y realizan una producción antológica en homenaje al folclor gaitero, donde graban los temas que Astolfo consideraba los más trascendentes en la historia del género.

Después de la grata experiencia con La Parranda Gaitera, recorrió las filas de Maragaita (donde se destacó como director musical), Los Colosales de Ricardo Cepeda, Koquimba y el Gran Coquivacoa, agrupación de la que fue coprotagonista con Neguito Borjas,  pegando el tema “Alegrando corazones” en todo el país.

En paralelo a su actividad como solista compositor, Astolfo fue animador exitoso en radio, actor en NCTV, canal fundado en 1987 por Monseñor Ocando Yamarte.  Allí realizó el programa humorístico  “A la Jaiba” junto a Simón García, Carlos Sánchez y Ricardo Portillo, que gozó de alto rating.

Astolfo siempre tuvo una actitud creativa intensa, con reposos que solía tomar en Isla de Toas, frente al lago que su padre Rafael “El Marino” lo enseñó a amar.  En una entrevista en Radio Calendario 1020, él me contó  que solía leer poemas y su autor preferido era Walt Whitman y su poema “Canto a mí mismo”, que sirve de epígrafe de esta crónica.

Con apenas 50 años de edad, Astolfo murió víctima de un síncope cardíaco el 20 de mayo de año 2000. Su despedida fue una multitudinaria manifestación de cariño del colectivo zuliano. Será recordado su cortejo fúnebre como uno de los más concurridos.  Sus restos reposan en el viejo cementerio Corazón de Jesús, con su  emblemático dintel lacerado,  mostrando la palabra latina “Pax” en lo alto.

Sus gaitas están vigentes en las escuelas, en las barriadas, en las calles de Veritas, en las radas de Toas. Su estirpe de líder en la gaita tiene el reconocimiento nacional, y su espíritu de bardo ahora habita en todas partes.

A  63 años de su llegada a este mundo, y a 13 años de su pronta partida, recordemos a “El Parroquiano”, sembremos su canto en nuestra memoria, esa es la única manera de mantener vivo su talento, su magia de creador zuliano. Cada 8 de febrero Astolfo celebrará su nacimiento unido al del genio de Nantes: Julio Verne, dos emblemáticos acuarianos. Cada 20 de mayo lo sembraremos.

Que repiquen las campanas por “El Parroquiano”, redivivo en este tiempo de amor y  cambios en su ciudad catedralicia. Su obra es  fuente sonora que no cesa.

Twitter: @leonmagnom
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