¿Cómo podría mejorarse la elección de la Gaita del Año?
 
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Sabor Gaitero

Muhammad Alí Subió al ring de la eternidad

“Si la gota dijese: no puedo formar un río,

no habría océano”.

Karl Rahner sj. (Alemania, 1904-1984)

El 25 de febrero de 1964 se reveló una leyenda que jamás iba a morir, un icono del boxeo y de la vida urbana norteamericana, que se erigió como un tótem: Casius Clay, el hijo de un pintor de vallas, metodista, y una ama de casa amorosa: llamados Casius y Odessa. El niño era asombrosamente rápido con las piernas, la mente, las manos y el verbo. Un ser concarisma natural y una simpatía sin límites, al que le lucían incluso las muecas, las fanfarronerías y los desplantes. La cuidad de Louisville en Kentucky fue su cuna, el 17 de enero de 1942, era espigado, elocuente, de mirada viva y respuestas rápidas.

A los 18 años de edad conoció la ciudad eterna, Roma, cuando participó en las Olimpiadas representando a los Estados Unidos de Norteamérica. Allí ganó la medalla de oro en boxeo, la misma que tiraría al río Ohio molesto, enrabiado, decepcionado porque le negaron servicio en un restaurante por ser negro. Años más tarde, Alí reivindicó esa acción de protesta, siendo un atleta de alta competencia que dignamente representó a su nación. En 1996 el Comité Olímpico le entregó una réplica de su medalla dorada. La medalla original aún reposa en el fondo del río.

Durante 23 años se hizo llamar Casius Clay, tal como lo bautizaron sus padres tradicionalistas. Pero en 1965 se convirtió al Islam y adoptó el nombre de Muhammad Alí; según, dejó atrás su nombre de esclavo. Su posterior amistad con el líder afroamericano Malcolm X afianzó esa creencia, esa militancia. En una de sus fotografías virales hoy en día, aparece junto a Malcolm X, este lo está fotografiando en el interior de una cafetería en Nueva York, en 1965, exactamente el año del asesinato del religioso en Harlem, cuando apenas tenía 40 años de edad.

Muhammad Alí se enfrentó a los boxeadores de mayor poder en la historia de ese deporte, fueron pesos pesados de pegada demoledora, con presencias intimidantes, los mejores de la historia:

·Sonny Liston quien era analfabeto, criado en las calles, hombre violento con fama de invencible.

·Joe Frazier con quien perdió en 1970; llegó a tumbar a Alí con su célebre gancho de zurda, aunque nunca noquearon a Clay en su carrera de 61 combates.

·George Foreman temido y respetado gladiador nacido en Texas en 1949, con quien se enfrentó en el famoso “Combate en la jungla” en Kinshasa en 1974. A esa pelea que tuvo televidentes en los cinco continentes, asistieron varios artistas, entre otros: Fania All Stars con todas las estrellas de la salsa, y el rockero James Brown.

·Ken Norton, gran peleador, púgil disciplinado. Lo enfrentó el 10 de septiembre de 1973. Luego se verían en el ring en dos ocasiones más, cuando Alí ya estaba en franca decadencia física.

En cada asalto peleado, Alí demostró suprema inteligencia, siendo un púgil de 1.88 de estatura y un peso de 106 kilogramos, se movía como un peso pluma, le gritaba improperios a sus rivales durante toda la pelea; sus combinaciones y bicicletas eran rápidas, su jab de izquierda era mortal, minaba al contrario: lo llamaba “la lengua de la serpiente”. Por ello Drew Bundini Brown, el asistente esquinero del entrenador Angelo Dundee, definió su estilo boxístico así: “Flota como mariposa y pica como abeja”.Con Dundee entrenó en el famoso “Gimnasio de la Calle 5” en Miami, donde aprendió a boxear y a ser mediático, a retar antes y durante sus peleas a sus rivales. Desde un primer momento, Angelo percibió su fibra de campeón y así lo trató, lo formó para ser grande, lo preparó para el éxito. Dundee después fue entrenador de 18 grandes campeones, murió en 2012 a los 90 años de edad proclamando: “Alí fue el mejor”.

Muhammad Alí fue indiscutiblemente el boxeador más veloz de la historia, y eso lo demuestran los videos de sus peleas, en especial uno de 1966, cuando mandó a la lona al inglés Henry Cooper con 11 golpes asestados en tan solo 11 segundos. Nadie ha superado ese récord.

Su grandeza deportiva era admirada por todos, seguía conquistando espacios, admiradores en todos los estratos sociales, continentes, grupos etarios diversos y en múltiples disciplinas. Pero en paralelo, Alí desarrolló una militancia social, opinaba en contra de la segregación racial, se oponía a las guerras, era un promotor de la paz, luchaba por los demás de forma auténtica. Por ello en 1967 se negó a ir a combatir a Vietnam, con un una frase rotunda que dio la vuelta al mundo “No puedo ir a matar a mis hermanos”, estaba aferrado a los preceptos islámicos. Podríamos afirmar, que en ese momento Alí se enfrentó al Status Quo norteamericano, le plantó cara con dignidad. Esa negativa a cumplir servicio militar obligatorio, conllevaba una pena de hasta cinco años de cárcel, una multa por 10.000,00 dólares, con la anulación de su título mundial de los pesos pesados, además del desprestigio como desertor. Y aun así, Muhammad Alí mantuvo su valiente posición. Seis años después, en 1973, los EEUU reconocerían su catastrófica derrota en Vietnam, una guerra que dejó secuelas terribles, heridas que aún tratan de sanar.

Alí compartió su intimidad y su hogar con cuatro esposas, mujeres bellas. La primera,desde 1964 a 1966, fue una muchacha coqueta que trabajaba como camarera, llamada Sonji Roi. Se divorciaron por diferencias religiosas. Luego se casó con Belinda Boyd de religión musulmana, mujer elegante, se separaron en 1976 luego de nueve años de relación marital. En 1977 se casó con la bella modelo y actriz Verónica Porshe, con ella tuvo dos hijas, la mayor es la boxeadora Laila Alí, reconocida por la prensa deportiva. La menor se llama Hanna. Su cuarta esposa fue Yolanda Lonnie Williams, estuvieron juntos por 30 años, hasta el final de la vida del campeón de Louisville. Se conocieron en Kentucky cuando Alí tenía 21 años y Yolanda solo 6. Ella lo acompañó durante su penosa enfermedad neurológica, viéndolo deteriorarse día a día a causa del mal de Parkinson. Yolanda le dio su tiempo, su amor, la mayor atención con suma lealtad. Declaró a la prensa que siendo una adolescente, tuvo una visión, en la que se veía como esposa de Alí, lo que se concretó 40 años después.

Todas sus esposas fueron mujeres afroamaericanas, con ellas tuvo en total nueve hijos: Maryum, nacida en 1968. Los gemelos Jamillah y Rasheda nacidos en 1970. Muhammad Alí Junior nacido en 1972. Hanna y Liala;Asaad Amín (en adopción). Otras dos hijas, Miya y Khaliah, de relaciones extramaritales.

Cada declaración de Alí era titular de prensa mundial, como cuando dijo: “No tengo nada en contra del Vietcom”. Era atrevido, valiente, pegaba con las palabras, con el mismo aguijón de sus golpes en el ring. Nació para mover a la gente, para hacerse sentir, fue un líder con una extraña fuerza espiritual, arrolladora y frenética.

Interactuó con figuras mundiales y eso quedó registrado en célebres fotografías: con el reverendo Martin Luther King, Elvis Presley, Los Beatles, el Rey Pelé, Teófilo Stevenson el campeón cubano; con el actor Silvester Stallone luego del boom del filme Rockey, y con el maestro Nelson Mandela. Todo gracias a su gran carisma, tal como lo define el DRAE: La especial capacidad que tiene la persona para atraer o fascinar”. Entonces Muhammad Alí era la máxima expresión del carisma, fue el primer afroamericano que ganó seguidores, fanáticos en el mundo entero, de todas las etnias y razas.

Si bien Nat King Cole logró tener un vasto público, Luther King movió millones de creyentes, Louis Armstrong con su música fue ídolo, Jackie Robinson en el beisbol logró romper la barrera racial; Alí fue la máxima personificación de ese don que confiere Dios a algunas personas, para motivar y atraer a los demás.

John Carlin, el destacado escritor y periodista británico especializado en poder político y deportes, ha afirmado: “Alí era la definición del carisma; era el carisma hecho carne, equiparable a una figura de leyenda como el Aquiles de Homero, o histórica como Napoleón Bonaparte. Su único rival contemporáneo, para mí, ha sido Nelson Mandela”. Entonces ¿Qué es el carisma? Es una luz que se transmite a partir de una colosal confianza en sí mismo, alsaberse, sin la más remota duda; mucho más allá de las mezquindades. Alí fue un grandioso personaje, que con enorme generosidad se regaló al mundo”. (El País, 2016)

Muhammad Alí murió a consecuencia del Parkinson, con el que hizo sombra durante tres décadas, con valentía y arrojo. Además de complicaciones respiratorias. Su deceso se produjo en Phoenix, Arizona. En el estadio Chase Field de los Diamondbacks dieron la primicia, en sus pantallas gigantes mostraron su rostro, y los altavoces dejaron escuchar su nombre ante el asombro de los fanáticos.

Para pronunciar el discurso solemne en sus exequias, fue designado el ex-presidente Bill Clinton, en un reconocimiento a la cálida amistad que cultivaron ambos y a la predilección del campeón por los demócratas. El 10 de junio, en su pueblo natal Louisville, el escenario electo como su última morada.

Muhammad Alí visitó Venezuela en dos oportunidades, cosechó una inmensa fanaticada en nuestra nación, muchas familias utilizaron su nombre para sus pequeños en la década de los 70: “Casius Clay González, Casius Clay Martínez; en fin”. Caracas disfrutó su presencia, el icono del boxeo mundial estuvo en una exhibición de sparring la primera vez el 20 de agosto de 1971, en la previa al combate del venezolano Vicente Paúl Rondón con el norteamericano Eddie Jones. En la segunda ocasión presenció el combate entre George Foreman y Ken Norton, en la inauguración del Poliedro. Sobre Foreman expresó a los medios venezolanos: “Es un peleador del montón y nada más”.

Una de las imágenes que siempre estará en mi mente al oír el nombre de Muhammad Alí, es la del campeón trotando una mañana, con un pulóver gris, solo, iba cantando melodías religiosas. Y al cabo de unos minutos, se le anexaron cientos de jóvenes, vecinos, transeúntes, gente que lo admiraba, que captaba su aura de campeón y lo seguía. Yo me cuento espiritualmente entre esos que se regocijaban al avanzar junto a él por las calles de su afecto, tratando de emular su paso de vencedor, y aplaudiendo sus hazañas.

Alí: río deportivo, océano humano, torrente inmortal.

León Magno Montiel - @leonmagnom - Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla

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Gustavo Dudamel en Maracaibo

Twitter: @leonmagnom


Cuando estudié  solfeo en el Conservatorio “José Luis Paz”, a principios del decenio de los años ochenta, pensaba que la música sería mi oficio, mi único mundo laboral y creativo. Era un muchacho que entraba alucinado a un  mundo de sonidos perfectos bajo la égida del maestro Oscar Faccio (padre).  Nunca dudé de mi amor por la música, desde entonces la considero  la creación más importante del hombre, el único lenguaje que  comunica en un instante a toda la humanidad.

Sin embargo, nunca pensé que pudiera ver a un músico dirigiendo una orquesta constituida por 150 instrumentistas ejecutando obras de Gustav Mahler, de Beethoven y la obertura de 1812 de Tchaikovski en la Maracaibo cuna de la  gaita, de los vallenatos en autobuses  desbordados y de reguetoneros buscando “La Orquídea” en una plaza de  toros repleta de niñas histéricas. Y menos previsible aún, que lo realizara ante 12.000 espectadores, delirantes por la presencia del director de orquesta Gustavo Dudamel.

Ese  momento lo vivimos el 29 de enero  de 2010 en el estadio “Luis Aparicio”, viendo  hileras interminables de gente, bajo el sol severo de las 3 de la tarde, esperando entrar para colmar las tribunas del templo beisbolero. Gente de diversos  grupos etarios, con vestimentas variopintas,  unidos únicamente por el amor a la música, expresando  su apoyo  entusiasta a la Orquesta “Simón Bolívar”.

Ese estadio encierra el recuerdo de Alí Primera. Allí el gran cantor falconiano  realizó “La Canción Bolivariana” en 1983 con un éxito atronador, a pesar del sabotaje que pretendieron hacerle  grupos de poder y medios dominantes de la época. En esa ocasión nos visitaron cantores de toda América y de muchos rincones de Venezuela para actuar ante una gradería repleta de la gente que amaba  la música de Alí Rafael, que eran sus seguidores genuinos. Allí conocí a Lilia Vera, hermosa cantora, voz de Venezuela.

La jornada musical de ese 29 de enero 2010 que rememoro ahora, comenzó con la actuación de los adolescentes que conforman la agrupación Los Zagalines del Padre Vílchez. Al presentarlos al lado de Andreína Socorro, destacamos  su carácter de escuela de gaiteros del municipio de San Francisco, que funciona como un granero de talentos desde 1971, una creación del Padre  Vílchez 18 años después de su arribo a esa parroquia.

Luego entraron a escena los laureados integrantes del Quinto Criollo que  celebraban 35 años de trayectoria, con Amada Campbell a la cabeza, y quienes interpretaron danzas  zulianas y la gaita de Renato Aguirre "Aquel Zuliano", obra que recientemente cumplió 31 años de su publicación en el álbum “100 años de gaita”, en 1980.

La  gente abarrotó las gradas del “Luis Aparicio El Grande”,  entregando  ayudas para la nación hermana  Haití a la entrada. Esos donativos fueron  el principal leitmotiv del evento. Se recolectaron cerca de diez toneladas de alimentos y vituallas que fueron enviadas a Puerto Príncipe, la capital haitiana arrasada por el terremoto de 7.1 grados de intensidad, el 12 de enero de ese año.

Llamamos al escenario al consejero de la Embajada de Haití en Venezuela, el señor Lesley David, quien con palabras  sencillas y en tono sereno agradeció la solidaridad y generosidad  de los marabinos.

Luego  comenzó su actuación Vocal Song, ganadores de un disco de platino. Los recibió el público con una gran ovación. Ellos se pasearon por temas éxitos de sus tres álbumes, todos ejecutados sin acompañamiento instrumental, sin pista, sólo con sus voces y talentos infinitos. La antesala zuliana la cerró Huáscar Barradas con su grupo Maracaibo. Simultáneamente, entraron los Servidores Marianos con la réplica de la Virgen de Chiquinquirá, mientras los asistentes entonaban su himno  "Gloria a ti casta Señora”. Minutos después, las notas de la canción “Venezuela”, llenaron el cielo zuliano y así todo quedó preparado para la entrada en escena del genio Dudamel.

Comenzaron a sentarse ante su atril los jóvenes músicos de la sección de cuerdas, luego los de  viento-madera, más tarde entró la sección de  viento-metal y finalmente la percusión; todos ataviados con la chaqueta de nuestro tricolor patrio. En las gradas los maracuchos eufóricos realizaban la ola, cual juego del día de La Chinita. Fue una noche de luna llena en la ciudad lacustre, donde la euforia explotó cuando se produjo la entrada del director de la Orquesta Juvenil de Venezuela: Gustavo Adolfo Dudamel,  joven barquisimetano que había cumplido  29 años de edad tres días antes, el director titular de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, que ha dirigido en las principales capitales de Europa y ha recibido los más prestigiosos galardones como batuta consagrado, catalogado como “el hombre que rejuvenece la música clásica”.

El concierto duró cerca de 90 minutos y culminó con el mosaico de mambos de Pérez Prado con coreografía de los músicos incluida. La ovación se convirtió en el coro de "otra... otra", y el joven maestro marcó el compás de 3 por 4 para dar inicio al “Alma Llanera”, para el cierre memorable.

Fuimos testigos de un gran gesto de solidaridad con una nación hermana en crisis, de una imponente exhibición de talento musical en una ciudad que hemos soñado muchas veces, afecta al hecho artístico trascendente, digna capital del arte. Ojalá los políticos que dirigen circunstancialmente el Zulia, aprendan que somos mucho más que un rebaño que delira por el vallenato y el reguetón, que definitivamente impulsen nuestras formas musicales en las escuelas, en los grandes eventos  y medios de comunicación.

Ojalá estas autoridades dejen atrás la falsa cultura de “La Orquídea de Venevisión”  suspendan los escandalosos patrocinios para ese espectáculo insustancial, un vodevil provinciano y burlesco, que como ciudad nos hace risibles y vacuos ante el mundo.

 

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Volver a Las Cenizas

Serán ceniza,

mas tendrán sentido”.

Francisco de Quevedo (España 1580-1645)

El acto crematorio nació a orillas del río Danubio en la Edad de Bronce, unos 3.000 años antes de Cristo. Allí se registraron las primeras incineraciones de cadáveres humanos. A pesar de ser tan antiguo, en estas tierras americanas siempre ha tenido pocos adeptos, se ha practicado aisladamente, con reparos. Los griegos y los romanos se negaron a quemar a sus muertos, no recomendaban esa práctica. Cosa contraria señala la tradición hinduista, que incinera sus difuntos sobre maderas de sándalo y flores silvestres, para liberarlos de sus karmas y buscar la perfección en otras reencarnaciones.

En las últimas décadas del siglo XXI, la cremación ha ido ganando seguidores, quizá por ser considerada más ecológica, y porque permite reducir las dimensiones de los camposantos, ahora cada vez más escasos y más costosas sus parcelas. Cremar connota un final épico para una vida, es purificador y bienaventurado, más que dejar que el cuerpo se desintegre, se descomponga.

Recién, los familiares de Gabriel García Márquez, fallecido en México el 17 de abril de 2014, a los 87 años de edad, anunciaron que sus cenizas fueron depositadas en Cartagena de Indias, la ciudad amurallada a la que él tanto amó. Reposan en un hermoso busto en homenaje al escritor de Aracataca, situado en el Claustro de la Merced, a unos 100 metros de la hermosa casa de color arcilla del Gabo, frente al mar, con una permanente ofrenda de rosas amarillas: las preferidas del autor nacido a orillas del río Magdalena, porque alejaban los maleficios y el infortunio.

La primera vez que presencié una cremación, me sorprendió el tiempo que dura el proceso, casi tres horas (unos 150 minutos). El ataúd entró a un horno especial, con llamas intensas a 1000 grados celsius y al final entregaron a sus deudos un cofre con las cenizas (según expertos, con un peso de tres kilogramos, aproximadamente). Luego presencié el acto de esparcir las cenizas en el lago, las del maestro Eduardo Rahn, quien fuera el destacado Director de la Orquesta Sinfónica de Maracaibo. En el mes de mayo fui testigo del arribo de las cenizas del cantor gaitero Germán Ávila a Maracaibo desde la ciudad de Houston en los Estados Unidos, donde falleció a los 70 años de edad debido a complicaciones renales y cardíacas. Se le realizaron sus honras fúnebres en La Basílica de nuestra Señora de la Chiquinquirá, con la presencia y el canto de los gaiteros más reconocidos.

La cremación está reñida con la desconsiderada exhibición de los difuntos, la que propicia comentarios banales sobre su estado final, sobre su apariencia en el lecho mortuorio. Evita el arte necrófilo de prepararlos y maquillarlos, como rezan los códigos egipcios: “aplicar los afeites al difunto”. El velar una ánfora con las cenizas del ser que pasó al más allá, es más austero, más sobrio, menos farandulero. Recuerdo algunos escritores muy admirados, que han sido cremados, como José Saramago, el primer portugués que recibió el Premio Nobel de Literatura. Fue en su Lisboa amada, el 21 de junio de 2010. Sus cenizas fueron enterradas al pie de un olivo, acatando su última voluntad. Eduardo Galeano, el escritor uruguayo muy leído, fue cremado en una ceremonia íntima a la cual asistieron sus familiares y escasos allegados, dicha cremación se llevó a cabo en un cementerio privado situado a las afueras de Montevideo.

La primera gran cremación, cuyas imágenes en blanco y negro dieron la vuelta al mundo en 1948, fue la de Mahatma Gandhi, ante el asombro de millones de personas (hoy lo catalogaríamos como “se hizo viral”). El mundo vio cómo las llamas consumían el cadáver del gran líder de la paz, en el Rat Ghat que se encuentra en Nueva Delhi. Hoy en día, una losa de mármol oscuro, marca el lugar exacto donde Gandhi fue incinerado el 31 de enero de 1948.

La tercera vía me parece macabra y extemporánea, es la momificación al estilo egipcio, o el embalsamiento del cuerpo. Dicen que ese arte creado en el valle del Nilo, lo han practicado con maestría los rusos y los alemanes. Aún se recuerda la misteriosa momia de Evita Perón y su extravío por tierras europeas en 1952, tragedia que fue novelada magistralmente por Tomás Eloy Martínez en 1995:

Las que enterramos eran las copias –dijo el Loco–.

Esta es Ella, la Yegua. Me di cuenta

enseguida, por el olor.

Todos huelen: el cadáver, las copias. A todos los

han tratado con químicos”.

(Santa Evita, página 89)

El cadáver embalsamado del camarada Lenin (Vladímir Ilich Uliánov) en 1924, que aún es exhibido en Moscú, en el Kremlin, con onerosos costos de mantenimiento.

En Venezuela se planteó embalsamar al Presidente Hugo Chávez, fue anunciado en tono oficial, pero al final, se canceló esa operación que iba a ejecutar una delegación de expertos alemanes.

En Suramérica se practicó el embalsamiento de cadáveres en las culturas inca, conocidas como “Niños de Llullaillaco”, harto estudiadas esas momias incaicas que fueron tratadas con resinas distintas a las utilizadas en Egipto, con técnicas diferentes; utilizaron alcoholes, hojas de coca, savia, entre otros elementos. Ellos también creían que el individuo reencarnaba en el mismo cuerpo.

Otros famosos personajes embalsamados son Hö Chi Minh en 1969 y Mao Zadong en 1976.

Los ritos de la muerte son muy antiguos, tribales, rodeados de misterios que no tienen fecha de vencimiento. Muchos de ellos, siguen vigentes. Desde 2010, Japón y Suecia lideran las estadísticas en cremación de cadáveres.

El libro del Génesis reza en su tercer capítulo: “Ceniza eres y en ceniza te convertirás”. Actualmente, con la práctica crematoria está de acuerdo la jerarquía católica, el Vaticano la avala. No así con la práctica de esparcir las cenizas, pues según los teólogos; estas deben ser sepultadas para cumplir con los preceptos de la iglesia romana. Al respecto Monseñor Lameri afirma: "la cremación se considera concluida cuando se deposita la urna en el cementerio". Lameri explicó que el rito no admite que las cenizas sean esparcidas, o se conserven en lugares diferentes, divididas. Lo cual se ha practicado con algunos inmigrantes, cosmopolitas, gente de mundo.

La palabra ceniza en su etimología, significa polvo. Séneca el pensador romano, el gran orador, dijo: “La ceniza nos hace igual a todos”.

Volviendo al libro del Génesis, en su capítulo 3, versículo 19, leemos: “porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás”. Todo indica que la ceniza es el principio y el final del ciclo vital, por ello debemos echar por tierra la altivez, la excesiva vanidad. De eso trata el miércoles de ceniza, de recordar lo efímero del ciclo de vida, con la cruz cenicienta en la frente como estigma. En el caso del genio Gabriel García Márquez, sus cenizas son el símbolo de la perpetuidad, de la trascendencia, el eterno renacer de su obra. Depositadas en la ciudad heroica que vio nacer su vocación de cronista, escenario de sus comienzos como periodista, y donde años después; escribió novelas fundamentales como “El amor en los tiempos del cólera” (1985) con sus personajes Fermina Daza y Florentino Ariza, que sobrevivieron a su tragedia amorosa en la Cartagena histórica, en lugares que obsesionaron al autor, como “El Portal de los Dulces” y “La Calle de las Ventanas” magistralmente descritos en esa novela. Y la novela “Del amor y otros demonios” (1994), ambientada en la propia Cartagena:

La lápida saltó en pedazos al

primer golpe de la piocha, y una cabellera viva de un color de

cobre intenso se derramó fuera de

la cripta”.

La bella urbe-fortín cautivó al gran escritor mexicano Carlos Fuentes, uno de los mejores amigos del Gabo, quien lo acompañó en la presentación de la edición de “Cien años de soledad” que la Real Academia de la Lengua publicó en 2007. Fuentes la llamó: “La ciudad más hermosa del mundo”.

El Gabo llegó por primera vez a la ciudad en abril de 1948, luego del magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, el 21 de mayo escribió su primera columna periodística para el diario El Universal, el demiurgo de Macondo no abandonó jamás a Cartagena: la vivió, la soñó, la anheló siempre.

El escritor Juan Gossain, amigo entrañable del Gabo, estuvo presente en la Universidad de Cartagena en la inauguración de su monumento, junto a su esposa Mercedes Barcha y sus dos hijos. Allí declaró: "Estamos aquí para saludarlo, para recibirlo. Esto no es un homenaje a la muerte, es un homenaje a la vida". Los turistas y el pueblo cartagenero podrán visitar el monumento sin costo alguno. Tendrá una fuerte custodia.

Con excelencia en sus versos, el poeta Francisco de Quevedo en el siglo XVI plasmó el significado profundo de las cenizas mortales de los seres amados. El amor es infinito, permea hasta el polvo de los huesos:


“Su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, más tendrán sentido.
Polvo serán, más polvo enamorado”.

Volver a las cenizas es volver al origen, pero a la vez; es saberse parte del fin ineludible. Es compartir el destino con el reino mineral, con la esencia de la tierra. Sin duda, es una forma digna de despedirse de la vida y pasar a ser polvo rendido, que yacerá en algún rincón del planeta. En todo caso, prendado de lo que se vivió. García Márquez en sus memorias sentenció: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla” (2002).

Cartagena es el santuario definitivo del Gabo, es la sede de su querida Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), a la que tanto empeño le puso, pues esta estimula y promociona el buen periodismo, el diarismo de altura, la crónica maestra. La FNPI la preside Jaime Abello, exitoso abogado barranquillero, ligado a los medios televisivos del Atlántico colombiano. Abello Banfi mantiene una intensa agenda de eventos, seminarios, concursos para la formación de los nuevos periodistas en Iberoamérica.

En la ciudad amurallada he asistido a “Si hay festival” el encuentro literario más importante del continente, que se realiza en el Teatro Heredia, catedral de la cultura colombiana, que data de 1911. Toda la ciudad heroica, fundada en 1533 por el madrileño Pedro Heredia, celebra ser la sede de “Si hay Festival” y de la FNPI, además de ser la ciudad elegida por el Nobel colombiano como su morada definitiva, donde estarán sus cenizas sobre sus rocas milenarias, custodiando el Caribe imponente que al Gabo inspiró.

León Magno Montiel - @leonmagnom


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Astolfo Romero, redivivo este 20 de mayo. Crónica por @leonmagnom

“Me celebro y me canto a mí mismo,
y  lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque  lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también”
Walt Whitman. (Estados Unidos, 1819-1892)

La primera vez que vi a Astolfo Romero estaba bajándose de su auto, un Renault 12 de un color amarillo jaldado. Descendió de su carrito francés en el barrio 18 de octubre donde vivió muchos años,  cuna de importantes gaiteros, sector  que irónicamente fundaron en 1946 para rememorar el golpe contra el General  Isaías Medina  Angarita.  El hombre que vi esa mañana  tenía la tez clara, era bajo de estatura, con abundante cabello castaño, bigote y lentes bifocales, se desplazaba muy jovial por la acera de la escuela “Monseñor Granadillo”. Lo miraba casi con idolatría al igual que mis compañeros del grupo  gaitero de la Cruz Roja del Zulia que me acompañaban, era para nosotros un astro de la galaxia musical criolla, el líder carismático del género pascuero. Para ese noviembre de 1975, él  sólo tenía 25 años de edad y ya militaba en sus queridos Cardenales del Éxito, su divisa hogar, su marca y blasón, su  maternal  morada en la gaita.

Astolfo Romero nació el 8 de febrero del año 1950, año cósmico del tigre, signo que lo marcó como un ser apasionado, con dotes de líder y de innovador, artista envarado.

Tributó su homenaje a la calle Jugo del barrio El Empedrao donde nació y vivió su niñez, siendo el  primogénito de Rafael Romero y Cira Elena Chacín. Luego se trasladó a casa de su abuela  Mamá Carmen y su tía Laudelina, en  la calle Soledad, ubicada entre la Bomba Múnich y  los Cepillaos de Jesús Ríos. En esa casa  aprendió a colaborar con el negocio familiar de  venta de empanadas y mandocas, en las madrugadas solía acompañar a su tía a comprar el maíz en la molienda de don José, situada entre las calles Colón y Soledad. Ese ritual lo retrató en su tema “La Molienda” grabado por Maragaita en la voz de Luis Germán Briceño (2000).

Su vivencia de adolescente en esa casa de la familia Romero la plasmó en su  gaita del año 1989, que cantó  con Cardenales del Éxito, “En la calle Soledad”:

“Seis raya cuarenta y dos
el número de la casa
que al abrir la puerta pasa
de primero papá-Dios.
Ese era el lema sincero
de aquellas trabajadoras
las dos viejas forjadoras
de la familia Romero”

Desde niño Astolfo Romero sintió admiración por los bomberos que veía  desayunar en el negocio casero de su abuela, llegaban al amanecer  con sus uniformes azules de ribetes rojos y dorados a comer empanadas con el “cuáquer tempranero”.  La fascinación que sentía por los uniformes y su aura castrense, lo llevó a trasladarse a Mérida para hacerse bombero profesional. En esa capital andina estuvo actuando con varios grupos de gaitas.

Regresó a Maracaibo a finales del decenio de los 60 y se integró a las filas del Conjunto Santanita, con ellos pega en las emisoras zulianas  “La otra tamborilera”. En el Conjunto Santanita compartió escenarios con los estelares Cheo Beceira, Danelo Badell y  Gladys Vera.

Pasó a las filas de Cardenales del Éxito en la década de los 70, donde permaneció hasta el año 1979, logrando pegar  en la radio venezolana  sus temas: “Guarapachando”, “El Fogón”, “Gabinete del Diablo”, “El Vapor”, “Chucurruley”, “Bahía de Cata”. Realizó composiciones para otros solistas que recibieron el máximo galardón de la época, el Festival Nacional de Gaitas “Virgilio Carruyo”: “Mi Orgullo” que interpretó Gladys Vera con Santanita (1975) y “Sabor Añejo” que cantó Ricardo Cepeda con Cardenales del Éxito (1976).

En el año 1980 Astolfo transitaba sus  30 años de vida, la edad que tenía Ricardo Aguirre al momento de morir en 1969, ese año pasó a La Universidad de la Gaita, acción tomada en solidaridad con sus compañeros de Cardenales del Éxito, que rechazaban la forma de dirigir de Pedro Suárez. Con La Universidad de la Gaita graba los éxitos “Mi Cacharro y yo”, “El Marciano”,  “Dos Fronteras”,  una de las últimas composiciones del poeta  Luis Ferrer (1981).

En 1983 toma el timón de Gaiteros de Pillopo y les da un nombre nacional. Al lado de Daniel Méndez, Argenis Carruyo y Danelo Badell colocan gaitas en los primeros pupitres de la popularidad: “La piñata”, “La Taguara de Bartolo”, “El Barbero”, “El Mercado de los Buchones”, “Morrocoy”.  Obtuvo  el primer lugar del Festival “Una Gaita para el Zulia” de Industrias Pampero en 1984, dirigido por Miguel Delgado Estévez. Se hizo de un gran prestigio nacional y una sólida imagen de director de agrupación bien intuido, exitoso, con la doble valía de ser cantautor.

Su compadre “Chichilo” Urribarrí lo nombró director de Cardenales del Éxito en 1986, cuando compró esa marca musical a Pedro Suárez quien padecía de serios quebrantos de salud, y reagrupa a los solistas estelares de  la década de los 70, los mismos que le dieron renombre nacional a la agrupación fundada por “El Monumental” Aguirre.  Allí compone los  temas “El Burro”, “Entre Palos y Alegrías”, “La Gallera”, “Diciembre”, “La Florecita”, “La Cardenalera”, en este último tema, su verbo encarnado plasma  su amor por la divisa cardenal:

“Muchos fueron los autores
propulsores del folclor
de calidad superior
porque fueron los mejores
mil gracias a esos señores
que ayudaron cada año
a escalar cada peldaño
de veinticinco primores.
La Cardenalera es
la que nos hacía falta
porque se siente la gaita
como la de otrora fue.
Época feliz también
que albergó en los corazones
las más gratas emociones
que evocar nos da placer”

Al comienzo de la década de los 90, Astolfo se plantea la necesidad de crear su propia agrupación y sale de los Cardenales en 1991 luego de grabar “Puro Corazón”. En el año 1992 crea La Parranda Gaitera, con sus compañeros Daniel Méndez, Pedro “Cantaclaro” Villalobos, Rafael Sánchez, Miguel Parra, Nano Silva, Humberto Bracho y logran impactar en el ambiente gaitero con impresionante sonido que amalgama la gaita tradicional con armonías de vanguardia.  Se consolidan con  las gaitas: “Cosa tan buena”, “Aplausos”, “El Bodegón”, “Viajando por Venezuela” y realizan una producción antológica en homenaje al folclor gaitero, donde graban los temas que Astolfo consideraba los más trascendentes en la historia del género.

Después de la grata experiencia con La Parranda Gaitera, recorrió las filas de Maragaita (donde se destacó como director musical), Los Colosales de Ricardo Cepeda, Koquimba y el Gran Coquivacoa, agrupación de la que fue coprotagonista con Neguito Borjas,  pegando el tema “Alegrando corazones” en todo el país.

En paralelo a su actividad como solista compositor, Astolfo fue animador exitoso en radio, actor en NCTV, canal fundado en 1987 por Monseñor Ocando Yamarte.  Allí realizó el programa humorístico  “A la Jaiba” junto a Simón García, Carlos Sánchez y Ricardo Portillo, que gozó de alto rating.

Astolfo siempre tuvo una actitud creativa intensa, con reposos que solía tomar en Isla de Toas, frente al lago que su padre Rafael “El Marino” lo enseñó a amar.  En una entrevista en Radio Calendario 1020, él me contó  que solía leer poemas y su autor preferido era Walt Whitman y su poema “Canto a mí mismo”, que sirve de epígrafe de esta crónica.

Con apenas 50 años de edad, Astolfo murió víctima de un síncope cardíaco el 20 de mayo de año 2000. Su despedida fue una multitudinaria manifestación de cariño del colectivo zuliano. Será recordado su cortejo fúnebre como uno de los más concurridos.  Sus restos reposan en el viejo cementerio Corazón de Jesús, con su  emblemático dintel lacerado,  mostrando la palabra latina “Pax” en lo alto.

Sus gaitas están vigentes en las escuelas, en las barriadas, en las calles de Veritas, en las radas de Toas. Su estirpe de líder en la gaita tiene el reconocimiento nacional, y su espíritu de bardo ahora habita en todas partes.

A  63 años de su llegada a este mundo, y a 13 años de su pronta partida, recordemos a “El Parroquiano”, sembremos su canto en nuestra memoria, esa es la única manera de mantener vivo su talento, su magia de creador zuliano. Cada 8 de febrero Astolfo celebrará su nacimiento unido al del genio de Nantes: Julio Verne, dos emblemáticos acuarianos. Cada 20 de mayo lo sembraremos.

Que repiquen las campanas por “El Parroquiano”, redivivo en este tiempo de amor y  cambios en su ciudad catedralicia. Su obra es  fuente sonora que no cesa.

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Gladys Vera, sempiterna

 

Tu voz hace un imperio en el espacio.
Esa sonrisa como estandarte
al frente de tu vida”
Vicente Huidobro (Chile, 1893-1961)

Su presencia tiene esplendor, ella encarna el perfecto balance entre sensualidad y el más elevado misticismo. Es una mujer ángel, su tez blanca refleja una luz rosa, su sonrisa es serena, ella sabe reclamar miradas. Somete a los espectadores y los pone a derecho de su gracia. Su voz, es la corona de su grandeza, posee una exquisita tesitura de mezzosoprano. Esa dama es Gladys Vera, la cantante más reconocida en el ámbito gaitero de todos los tiempos.

Nació el 4 de julio de 1949 en el sector La Hoyada, en donde estuvo la sede de la primera hidrológica de la ciudad, hacia el final de la avenida Bella Vista. Fue bautizada con nombres clásicos: Gladys Mercedes, sus apellidos, Vera Mora. La ciudad de Maracaibo aún rememoraba a los aguadores y sus recuas de asnos, llevando las botijuelas a las casas de barro reseco y caña.

Como todas las muchachas zulianas, Gladys Mercedes comenzó a participar en las veladas musicales familiares, le gustaba ejecutar el furro, el instrumento insignia de la gaita. A principios del decenio 1960 ingresó al conjunto Santa Canoíta, con el rol de percusionista, quizá poco usual para una fémina. Por esos años, recibió la influencia de grandes cantoras del género, solistas que le marcaron un sendero de calidad: Altagracia Vílchez, Raiza Portillo, Betty Alvarado. En 1966 ingresó al conjunto Santanita, divisa fundada el 26 de julio de 1964, el día de Santa Ana, de allí su nombre. Participó junto a sus hermanos Oswaldo Vera y Miguel Mora. Solía actuar en el centro nocturno Los Alisos y en la Fuente de soda El Naranjal, allí comenzó su estelar trayectoria como solista, sustituyendo a su mentora Raiza Portillo, quien había sonado en todo el país con los temas “La bella del tamunangue”, “Las campanas de San Juan” y “El gavilán”, expresando una gran alegría y un potente carisma.

En 1973 Gladys pegó el tema “Yo soy la gaita”, en 1974 logró el primer premio en El Festival de gaitas Virgilio Carruyo, con el tema “Mi orgullo” de Astolfo Romero. Ese fue el aldabonazo para anunciar su carrera llena de éxitos. Así comenzó, su saga de triunfos, le siguieron gaitas de gran calidad, como “Estampas” de la autoría de Astolfo Romero:

Se solía emperifollar
la vieja María Dolores
cuando con furros
y tamboras a su casa llegaban
era la abanderada
y una gaita le iban a dar”
(Romero, 1979)

En 1976 grabó la danza “Amor marginal” de la autoría de Víctor Hugo Márquez, donde  retrata a la mujer marginada y abusada de las barriadas venezolanas de entonces:

Tenía yo quince años
veinticinco vos
y con picardía
nos decíamos adiós
por la puerta del racho
pasabas mirón
me echabas piropos
y me hablabas de ilusión”
(Márquez, 1976)


Ese mismo año grabó uno de sus temas más relevante “La antorcha” de la autoría de Simón García, una sublime protesta contra la antigua planta petroquímica El Tablazo, ubicada en los Puertos de Altagracia, un complejo industrial altamente contaminante. Su obsoleta planta de cloro-soda vertía desechos al lago y emanaba gases malignos que produjeron graves daños a la población zuliana, especialmente a los habitantes del pueblo mirandino El Hornito:

Mira como altiva
se levanta al cielo
hiriendo tus noches
su resplandecer,
antorcha que humilla
que es escarnio
felonía permanente
luz incandescente
que engaña a la gente
con brillo oropel”
(García, 1976)

A partir del año 1999, el Gobierno Bolivariano de Venezuela, comenzó la recuperación y modernización de ese complejo, ahora llamado Ana María Campos, controlando por completo su actividad, garantizando procedimientos más ecológicos y de última generación. El tema de Simón logró su cometido.

El conjunto Santanita tenía como principal distinción sus coros polifónicos, los arreglos vocales realizados por su hermano Oswaldo Vera, quien tenía formmación coral. Respaldados por una percusión de alto nivel ejecutada por Hugo Bohórquez, Diógenes Madrid, William Caraota Molina, Juan Carlos Viloria, Antonio Espina “El Mandril”. Y la armonía vanguardista a cargo de José Luis Suárez, Edwin “Sopita” Carrasquero y Sundín Galué. Sus compañeros cantantes fueron Cheo Beceira, Astolfo Romero, Danelo Badell, Ricardo Hernández, Alberto Carruyo, Marvin González, Hermilo Suárez, Chuchín Ferrer, José Isea, Jhonny Campos, Perucho Espinoza, Ramón Rosado, Carlos Méndez y Alberto Villasmil. Un gran batallón de talentos vocales.

Siguieron apareciendo sus éxitos en las carteleras del país, Gladys Vera sonaba en las emisoras de occidente, con los temas “Galante y coqueta”, “Por eso gaita” en 1977 de Humberto Mamaota Rodríguez; “Mi gentilicio”, “Latinoamericano” de Rafael Rodríguez en 1979, “Siempre estaré contigo” y “Anhelo” en 1980.

A finales del año 1979 una terrible noticia estremeció a la ciudad; Gladys fue diagnosticada de lupus. En esos días de confusión e incertidumbre, se le realizó un gran homenaje donde participó todo el gremio gaitero, también participaron los comunicadores liderados por Henry José Chirinos. Su gran amigo Ricardo Portillo le compuso el tema “Mis gratos recuerdos” era una mirada retrospectiva a su carrera. Afortunadamente, su patología autoinmune se hizo estacionaria, ella superó ese trance y pudo seguir desarrollando su gran pasión, el canto.

Con la gaita “Mi vieja plaza Baralt” compuesta por Jesús Bravo González, participó en el Festival una gaita para el Zulia en 1985, logrando una destacada figuración, el tema quedó como un clásico para la posteridad.

Junto a Neguito Borjas grabó un tema de desamor, en tiempo gaitero, que se quedó en la memoria colectiva, titulado “Cuando el amor se va”, inserto en el  álbum de Santanita de 1984:

Te lo debo decir
tienes que comprender
yo no te quiero herir
pero debes saber
que ya mi corazón
pertenece a otro querer
no preguntes porqué
no encuentro una explicación
dime qué te he hecho yo
para esto merecer
si te he dado mi amor
y siempre te fui fiel
no puedes irte así
dime al menos quién es
¿quién te aleja de mi,
cuál es la otra mujer?"
(Borjas, 1984)

Mi entrega” es otro tema romántico icónico, compuesto por Ricardo Portillo, ella lo grabó en 1991 con Maragaita. Con esa agrupación militó desde 1988 hasta la temporada de 1991, al año siguiente pasó a Cardenales del Éxito. En su primera temporada con esa divisa grabó “Fuente Divina”, una danza con características de salmo, cuya letra es de Jesús Rizo y la música del trovador Jorge Luis Chacín:

Hermoso lago
hermosa fuente divina 
lleno de plenitud y transparencia
viste nacer a mi China.
Fueron los peces                                                                   
junto a las olas                                                     
los que llevaron la tabla                                                                                                      
de nuestra Santa Patrona”
(Rizo y Chacín, 1992)

En esa década sonó en toda Venezuela con “Corazón y sentimiento”, “Sangre gaitera” en 1995, “Lucero de amistad” acompañada por el coro de la iglesia San Ramón Nonato. El gran animador Jesús Terán Chavín solía presentarla como “La monumental de la gaita”, con mucha emoción, el público la recibía de pie, como tal: “Si tuvimos un Aguirre monumental, ahora tenemos a Gladys, ella es nuestra monumental”.

Desde 1999 acompañó a Ricardo Cepeda en el lanzamiento de la agrupación Los Colosales, con ellos participó en el tema “Cántame”. En esa divisa se mantuvo hasta la temporada 2001.

En paralelo Gladys Vera grabó como invitada especial con la agrupación Birimbao “Juanita prendé el fogón” junto a Jerry Sánchez. Participó durante una temporada en Los Compadres del Éxito, y el cuatrista Douglas Isea la invitó a participar en su proyecto discográfico El Trabuco Gaitero en “Somos la gaita”. Con la Orquesta Sinfónica de Maracaibo dirigida por Havid Sánchez realizó un gran concierto de gala, que más tarde se grabó.

El talentoso saxofonista y director de orquesta Juan Belmonte, escribió para ella “La suite gaitera” que tituló “Gladys Perpetuum”, una oda a su extenso repertorio como solista. Se estrenó en el Teatro Bellas Artes el 4 de noviembre de 1994 con éxito resonante. Es una obra innovadora.

Gladys comparte sus días con Fernando Calzadilla, es su esposo desde hace 30 años, un militar retirado, perteneciente a la Armada Venezolana, pero además, es un hombre prendado de la gaita, esa pasión los unió. En su hogar siempre suena su música, está lleno de sus recuerdos, de sus preseas y fotografías testimoniales. Él le ayuda a organizar su agenda de visitas a los medios y sus actuaciones, con una gran dedicación. Con Fernando comparte gustos sencillos: su predilección por la gastronomía zuliana, sus paseos por La Vereda del Lago, sus giras musicales, sus amistades.

Desde el año 2001 nuestra sempiterna reina de la gaita colabora con la agrupación Los Chiquinquireños, con ellos ha grabado varios surcos para ofrendar a la Virgen Chiquinquirá, de la que se considera su hija. Logró notoriedad con el tema “Cuando habla mamá” de Víctor Hugo Márquez, grabado junto a Carlos González. Ella las define como gaitas oraciones, cargadas de gran expresividad y talento, con la misión de homenajear a la Virgen de rostro moreno, la que nos identifica desde hace tres siglos.

Esa mujer elegante, que luce hermosos ropajes y se cubre con chales señoriales, es la voz femenina referencial de la gaita venezolana: Gladys Mercedes, no sólo tiene título de reina, tiene andar y la pose natural de una reina. Como lo cantó el vate chileno Huidobro en su “Altazor”:

Si tú murieras
las estrellas a pesar de su lámpara encendida
perderían el camino
¿Qué sería del universo?”

Desde su nuevo paisaje, al que partió la tarde del lunes 14 de septiembre, Gladys Vera seguirá ejerciendo su reinado gaitero, para la mayor gloria de nuestra música.

 

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