¿Cómo podría mejorarse la elección de la Gaita del Año?
 
Banner
Banner
Sabor Gaitero

Caibo lanza en digital y por tiempo limitado su segundo disco “Poesía Criolla”

 

Con letras llenas de sentimientos, de vivencias propias y de terceros, y un sonido definitivamente vanguardista, Beethzart Acosta y Simón “Toto” Ruiz, el dueto Caibo, colocó en línea –por tiempo limitado- todos los temas de su segunda producción discográfica titulada “Poesía Criolla”, un trabajo de más de un año, en el cual según sus mismos creadores confiesan, se cuidó cada detalle para que sus seguidores escucharan lo más hermoso posible este sueño hecho realidad.

Beethzart y Toto se sienten parte de una pieza importante de la música en Latinoamérica, y se autodefinen como un pedacito de Maracaibo que palpita en un gran sonido y alegrías. Estos dos jóvenes soñadores son productores musicales, autores, directores, arreglistas y programadores de sus propios proyectos.  Su primer disco, “Tres son multitud” les sirvió para abrirse camino en el mercado venezolano, mexicano, estadounidense y centroamericano, obteniendo gran reconocimiento de fanáticos y críticos musicales, gracias  a la fusión de los sonidos afro-venezolanos con el pop, y la protagónica presencia del cuatro, instrumento nacional.

Para su segundo disco “Poesía Criolla” contaron con el apoyo de los ganadores del Grammy Latino Boris Milán y Edwin Andrade, en mezcla y masterizado, entre otros destacados músicos de la región. El primer sencillo “Bájate de esa nube”, se catapultó rápidamente antes de su lanzamiento oficial en los medios, gracias al apoyo de sus seguidores y fanáticos a través de las redes sociales, convirtiéndose en un excelente abreboca para el estreno del video, a cargo de Bolívar Producciones.

Esta producción cuenta con 12 temas, que se pasean por la parranda venezolana, baladas acompañadas sólo por el piano, calipsos, gaitas de tambora y sangueos, que se mueven entre la alegría fiestera y desenfadada, el romance y el despecho, aunque todas tienen en común esa lucecita de esperanza, y la promesa del disfrute de una producción sin ningún tipo de desperdicio, hecha con el corazón y en cumplimiento de lo que Beethzart y Toto han definido como misión de vida, con un profundo amor por Venezuela y sus formas musicales. Pura poesía criolla.

Descarga el disco “Poesía Criolla” ingresando en www.caibo.com.ve

Escucha aquí "La promesa"



Caibo - “Bájate de esa nube”

 

 

 

 

Ricardo Cepeda, un corazón valeroso para cantar por @leonmagnom

“La música ha de ser un
instrumento para el desarrollo del hombre,
y no una estética intrascendente”.
José Antonio Abreu (Valera, 1939)


Pocos seres tuvieron el privilegio de tener como maestro en su aula a Ricardo Aguirre, el cantor gaitero formado para la docencia en el Rubio del Táchira. El único individuo que la historia del Zulia ha registrado como alumno de Aguirre, en la Escuela  Panamericana,  y como fiel aprendiz de su canto, es Ricardo Cepeda. La vida le dio esa regalía, la oportunidad de ver en un salón de clases a ese vocalista gigante, que a la vez, era un maestro cálido,  humanista pedagogo.

Con nombre de origen germánico: Ricardo, que designa a un rey valiente, se ha paseado por los escenarios de Venezuela e Hispanoamérica, como dueño de una voz privilegiada, de gran brillo y excelsa melodía.

El 8 de noviembre de 1952 nació como el primer hijo de José Cepeda, un gaitero oriundo de Punta Iguana, en la Costa Oriental del Lago. Su madre, María Chiquinquirá Olivares, una piadosa devota de la Virgen, marcada con su nombre, de profunda tradición musical. Lo bautizaron en la barriada Santa Lucía como Ricardo José.

Exactamente el día que Ricardo celebraba su cumpleaños 17, se produjo el fatal accidente que segó la vida de Ricardo Aguirre. Su maestro moría en una calle de Veritas a los 30 años de edad, en pleno cenit de su carrera musical.  Ese día aciago se produjo un cambio, un gran viraje: se iba Ricardo José Aguirre y dejaba en su lugar a Ricardo José Cepeda. Fue como una carrera de relevos, donde el maestro pasó el testigo a su mejor alumno, su tocayo dos veces. Tenían cierto parecido físico, ambos de tez morena, usaban lentes de pasta, cabello ralo y crespo, con timbres vocales muy semejantes: sólo  diferenciados en los registros graves que poseía Aguirre González, que eran extraordinarios.

Ricardo José Cepeda Olivares comenzó a gaitear con grupos aficionados: Los Tauros, Ciclones, Armonía Gaitera. En 1969 debutó en la gaita profesional con Los Tucusones de Ana Stael Duque. Allí lo vio Douglas Soto, el gran mecenas y promotor, y lo llevó a las filas de Cardenales del Éxito al año siguiente, donde permaneció hasta 1979. Eso constituyó la primera etapa en la célebre agrupación, con ellos grabó temas que se han convertido en clásicos inmortales: “Aleluya” (1971), “Sentir zuliano” (1972), “La piragua” (1973), “Mi ruego” (1974), “El bambuco” (1975), “Alguien canta” (1977), “Celestina aurora” (1979) y “Viejo ilustre” (1979).

“Un bambuco y una serenata
le dieron vida a un amor
un mozuelo cantaba a una flor
que más tarde sería mi madre
le cantaba mi futuro padre
lleno de inmenso fervor”
(Renato Aguirre, 1975)

En esa temporada de 1975,  Ricardo resultó ganador con la composición “Sabor añejo” de Astolfo Romero del primer lugar en el Festival de Gaitas “Virgilio Carruyo”:

“Los alegres albores
del diciembre sin igual
los venimos a evocar
como en tiempos anteriores
cuando los gaiteros viejos
parranderos de excelencia
nos cantaban con esencia
gaitas de sabor añejo”
(Astolfo Romero, 1975)

Cardenales del Éxito era una agrupación muy completa, donde desplegaban su talento Astolfo Romero, Pedro Rossell, Ricardo Portillo, Ender Fuenmayor, Daniel Alvarado. Ricardo Cepeda representaba el cantar solemne, la devoción a la Virgen Morena.

En 1980 se produce el deslinde de los Cardenales del Éxito de Pedro Suárez y nace la Universidad de la Gaita. Cepeda integra esa divisa y coloca temas en la cartelera nacional de éxitos: “Que viva la democracia”, “Cita con Ricardo” y  “Aquel Zuliano” del álbum titulado “100 años de gaita”:

“Fresca está la madrugada
y en la aurora maracucha
una inmensa voz se escucha
es el bardo que en parrandas
cantando sus gaitas anda
deleitando a quien lo escucha”
(Renato Aguirre, 1980)

Con el impacto generado por “Aquel zuliano” se consolidó la dupla artística  Aguirre-Cepeda, dueto creativo de alta factura. Renato como cuatrista y compositor, ocupa un sitial de honor en su ateneo de compositores más queridos. Volvieron a coincidir como binomio exitoso en Cardenales del Éxito reagrupado, cuando Chichilo Urribarrí adquirió el conjunto, en 1986. En esta segunda etapa con la divisa roja, logra éxitos nacionales como “Ceuta”, “Mis promesas”, “Como un extraño”, “Mi hermano”, éste último de su autoría, una gaita agradecimiento de Ricardo Aguirre a su hermano compositor:

"Mi hermano cómo estáis
con el permiso de Dios
vengo a agradecerte a vos
las gaitas que me cantáis.
De parte de mi Chinata
traigo mensaje de luz
de su bella excelsitud
en mi vida espiritual”
(Ricardo Cepeda, 1990)

Cardenales del Éxito - Mi hermano (En Vivo en Sábado Gaitero)

En 1989 participó en la fundación del conjunto VHG, divisa que tomó el nombre de la canción de Conny Méndez: “Venezuela habla cantando”, por una sugerencia  de Jesús Terán Chavín. Con el VHG grabó “La historia de la grey”, “Mi vida es cantar”. Allí de nuevo compartió la escena con Renato Alonso, Chavín, Ender Fuenmayor, y se anexaron los jóvenes talentos: Ozías Acosta y  Jaime Indriago.

En paralelo a su militancia con las agrupaciones gaiteras, Ricardo ha sido un “Fláneur”, es decir un incansable viajero. Ha cantado en muchas ciudades de América del Sur, España, Estados Unidos y el Caribe. No sólo ha destacado interpretando  gaitas, también cantando valses, danzas y boleros. El maestro Luis María Frómeta  le propuso ser bolerista de su orquesta Billo´s Caracas Boys, y no quiso irse a vivir en Caracas. En una demostración de gratitud y admiración al maestro dominicano, grabó el tema homenaje “Al cantor de Caracas” con La Universidad de la Gaita.

“Escuche mi amigo, mi gaita zuliana
alegre se ufana, poderle cantar
escuche maestro, cantor de Caracas
su musa me atrapa y la quiero obsequiar”
(Renato Aguirre, 1982)

Su vocación de cantor de décimas y coplas lo impulsó a grabar la colección “Zulianizando” con el conjunto “Los Marabinos”, propuesta que tuvo una gran aceptación entre sus seguidores. Eso está muy bien reflejado en el libro biográfico escrito por el doctor William Briceño, obra que ha recibido los mejores comentarios y ha tenido una gran difusión.

En 1990 regresó a cumplir una tercera etapa en Cardenales del Éxito, bajo la égida de Ricardo Portillo. En esta tercera etapa impuso los temas “Mi ranchito” (1993) y “Madre es madre” (1994), premiadas por unanimidad como “gaitas del año”. Entre lauros y aplausos vivió intensamente ese tercer ciclo cardenalero.

En 1998 fundó su agrupación Los Colosales, utilizando en plural el calificativo que le colocó en su programa radial el doctor Octavio Urdaneta: “El Colosal”.  Con su agrupación florecieron éxitos como “El vendedor de flores” (1998) y “De la vida real” (2000), y los temas del falconiano Elías Hernández “El barrio de mis andanzas” (1999) y “El cofre” (2001). Ha conseguido premios con las  gaitas “Campechano”, “Cántame” y “Como pompas de jabón”. Los Colosales de Ricardo Cepeda es una marca consolidada en el mercado musical Venezolano, su agenda de presentaciones y su demanda discográfica está garantizada, sustentada por la sólida imagen de Ricardo Cepeda,  la máxima figura  gaitera de la actualidad.

“El barrio de mis andanzas
donde viví a plenitud
donde transcurrió mi infancia
mi niñez, mi juventud
con inquietud y embriagado de añoranzas
regreso con la esperanza
de pasar mi senectud”
(Elías Hernández, 1999)

Ese sitial como artista popular lo ha ratificado su actuación en el magno concierto de los 30 años de Serenata Guayanesa en el Teatro “Teresa Carreño”, donde fue invitado de honor junto a Neguito Borjas; las producciones que ha realizado con Huáscar Barradas, los conciertos con la Orquesta Típica del Estado Zulia y con la agrupación mariana Los Chiquinquireños, conjunto que realiza música folclórica para transformar al hombre, su espiritualidad, y no como una propuesta armónica intrascendente; como nos enseñó el maestro Abreu.

Al igual que su mentor Ricardo Aguirre, a Cepeda la radio le tocó su alma, la ha hecho con gran solvencia, en distintas emisoras por casi dos décadas.

Su talante de líder, lo llevó a incursionar en la política sin acierto. Compitió por un curul como concejal del municipio Maracaibo, lo apoyaron las fuerzas progresistas, pero sufrió una aplastante derrota de las viejas huestes adecas. Pareciera que la ciudad le hubiese dicho: “Eres mi hijo predilecto en la gaita, más no te quiero en los potreros de la política”.

En el año 2010 se le agudizó una dolencia en los huesos de la cadera, que lo venía molestando desde hacía algún tiempo, producto de una artrosis. Por ello, fue sometido a dos intervenciones quirúrgicas de las que salió bien librado. Después de realizar con rigurosidad la rutina de terapias, enfrentó su temporada más productiva como empresario independiente; la del año 2011.

Ricardo Cepeda Olivares comparte sus días con su tercera esposa Ángela Bozo, con sus siete hijos: Ricardo, Luis, Argenis, Nazarely, Daniela, Gerardo y Ricardo José. Está rodeado de sus compañeros del conjunto de arpa Los Marabinos, con quienes interpreta danzas y bambucos, siguiendo los pasos del gran payador de Isla de Toas: Víctor Alvarado. Sus días son plácidos junto a los integrantes de Los Colosales. La legión de venezolanos que le seguimos, coincidimos en que él es el mejor alumno del Monumental Aguirre, que ha superado su comprobación a través de los años, con notas sobresalientes.

Como él mismo lo compuso:

“Tengo la musa en bajada
mi alegría es un portento
y al cantar gaita presiento
que mi alma está emocionada”
(Ricardo Cepeda, 1974)

Tenemos un coloso de nuestro canto, con cinco décadas de carrera y sus musas siguen encendidas. Su voz está en las ensenadas y escenarios de nuestra patria, es un Ricardo, como el rey de corazón valiente, que ha sido confaloniero del mayor legado aguirreño. Él es voz identitaria y alma de nuestra eterna serenata a la ciudad.

Twitter: @leonmagnom
Correo electrónico: Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla


 

Gustavo Dudamel en Maracaibo

Twitter: @leonmagnom


Cuando estudié  solfeo en el Conservatorio “José Luis Paz”, a principios del decenio de los años ochenta, pensaba que la música sería mi oficio, mi único mundo laboral y creativo. Era un muchacho que entraba alucinado a un  mundo de sonidos perfectos bajo la égida del maestro Oscar Faccio (padre).  Nunca dudé de mi amor por la música, desde entonces la considero  la creación más importante del hombre, el único lenguaje que  comunica en un instante a toda la humanidad.

Sin embargo, nunca pensé que pudiera ver a un músico dirigiendo una orquesta constituida por 150 instrumentistas ejecutando obras de Gustav Mahler, de Beethoven y la obertura de 1812 de Tchaikovski en la Maracaibo cuna de la  gaita, de los vallenatos en autobuses  desbordados y de reguetoneros buscando “La Orquídea” en una plaza de  toros repleta de niñas histéricas. Y menos previsible aún, que lo realizara ante 12.000 espectadores, delirantes por la presencia del director de orquesta Gustavo Dudamel.

Ese  momento lo vivimos el 29 de enero  de 2010 en el estadio “Luis Aparicio”, viendo  hileras interminables de gente, bajo el sol severo de las 3 de la tarde, esperando entrar para colmar las tribunas del templo beisbolero. Gente de diversos  grupos etarios, con vestimentas variopintas,  unidos únicamente por el amor a la música, expresando  su apoyo  entusiasta a la Orquesta “Simón Bolívar”.

Ese estadio encierra el recuerdo de Alí Primera. Allí el gran cantor falconiano  realizó “La Canción Bolivariana” en 1983 con un éxito atronador, a pesar del sabotaje que pretendieron hacerle  grupos de poder y medios dominantes de la época. En esa ocasión nos visitaron cantores de toda América y de muchos rincones de Venezuela para actuar ante una gradería repleta de la gente que amaba  la música de Alí Rafael, que eran sus seguidores genuinos. Allí conocí a Lilia Vera, hermosa cantora, voz de Venezuela.

La jornada musical de ese 29 de enero 2010 que rememoro ahora, comenzó con la actuación de los adolescentes que conforman la agrupación Los Zagalines del Padre Vílchez. Al presentarlos al lado de Andreína Socorro, destacamos  su carácter de escuela de gaiteros del municipio de San Francisco, que funciona como un granero de talentos desde 1971, una creación del Padre  Vílchez 18 años después de su arribo a esa parroquia.

Luego entraron a escena los laureados integrantes del Quinto Criollo que  celebraban 35 años de trayectoria, con Amada Campbell a la cabeza, y quienes interpretaron danzas  zulianas y la gaita de Renato Aguirre "Aquel Zuliano", obra que recientemente cumplió 31 años de su publicación en el álbum “100 años de gaita”, en 1980.

La  gente abarrotó las gradas del “Luis Aparicio El Grande”,  entregando  ayudas para la nación hermana  Haití a la entrada. Esos donativos fueron  el principal leitmotiv del evento. Se recolectaron cerca de diez toneladas de alimentos y vituallas que fueron enviadas a Puerto Príncipe, la capital haitiana arrasada por el terremoto de 7.1 grados de intensidad, el 12 de enero de ese año.

Llamamos al escenario al consejero de la Embajada de Haití en Venezuela, el señor Lesley David, quien con palabras  sencillas y en tono sereno agradeció la solidaridad y generosidad  de los marabinos.

Luego  comenzó su actuación Vocal Song, ganadores de un disco de platino. Los recibió el público con una gran ovación. Ellos se pasearon por temas éxitos de sus tres álbumes, todos ejecutados sin acompañamiento instrumental, sin pista, sólo con sus voces y talentos infinitos. La antesala zuliana la cerró Huáscar Barradas con su grupo Maracaibo. Simultáneamente, entraron los Servidores Marianos con la réplica de la Virgen de Chiquinquirá, mientras los asistentes entonaban su himno  "Gloria a ti casta Señora”. Minutos después, las notas de la canción “Venezuela”, llenaron el cielo zuliano y así todo quedó preparado para la entrada en escena del genio Dudamel.

Comenzaron a sentarse ante su atril los jóvenes músicos de la sección de cuerdas, luego los de  viento-madera, más tarde entró la sección de  viento-metal y finalmente la percusión; todos ataviados con la chaqueta de nuestro tricolor patrio. En las gradas los maracuchos eufóricos realizaban la ola, cual juego del día de La Chinita. Fue una noche de luna llena en la ciudad lacustre, donde la euforia explotó cuando se produjo la entrada del director de la Orquesta Juvenil de Venezuela: Gustavo Adolfo Dudamel,  joven barquisimetano que había cumplido  29 años de edad tres días antes, el director titular de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, que ha dirigido en las principales capitales de Europa y ha recibido los más prestigiosos galardones como batuta consagrado, catalogado como “el hombre que rejuvenece la música clásica”.

El concierto duró cerca de 90 minutos y culminó con el mosaico de mambos de Pérez Prado con coreografía de los músicos incluida. La ovación se convirtió en el coro de "otra... otra", y el joven maestro marcó el compás de 3 por 4 para dar inicio al “Alma Llanera”, para el cierre memorable.

Fuimos testigos de un gran gesto de solidaridad con una nación hermana en crisis, de una imponente exhibición de talento musical en una ciudad que hemos soñado muchas veces, afecta al hecho artístico trascendente, digna capital del arte. Ojalá los políticos que dirigen circunstancialmente el Zulia, aprendan que somos mucho más que un rebaño que delira por el vallenato y el reguetón, que definitivamente impulsen nuestras formas musicales en las escuelas, en los grandes eventos  y medios de comunicación.

Ojalá estas autoridades dejen atrás la falsa cultura de “La Orquídea de Venevisión”  suspendan los escandalosos patrocinios para ese espectáculo insustancial, un vodevil provinciano y burlesco, que como ciudad nos hace risibles y vacuos ante el mundo.

 

 

Un siglo llamado Octavio Paz

“Solo el presente existe"
Crisipo (Grecia, 279ac-206ac)

El tiempo lo prueba todo, es el juez implacable, el más severo calificador, el árbitro supremo. Siendo así, el tiempo transcurrido desde 1914 hasta nuestros días, dictamina que Octavio Paz es un escritor del siglo: su obra poética y ensayística cada año escala peldaños de excelencia y logra un mayor reconocimiento mundial, con nuevas traducciones y ediciones. El gran poeta mexicano se ha hecho universal, fue un hombre de mirada clara, hablar pausado y certero, con una inteligencia prodigiosa,  nacido el 31 de marzo en la convulsionada capital mexicana. Creció en las afueras de Distrito Federal, en el barrio Mixcoac, rodeado de misticismos, tradiciones nahual y deidades aztecas, que le transmitían los empleados de la casa. Su madre fue Josefina Lozano, una bella andaluza, ella le enseñó la palabra cantada, el canto melismático del sur de España, de profunda raíz morisca.

Como tantos otros escritores, Octavio recibió el influjo determinante de su abuelo, el diplomático y literato Irineo Paz, hombre de letras y abogado al servicio de la causa zapatista. Octavio se formó en la vasta biblioteca de su abuelo, en ese caserón de infinitos cuartos e inmenso jardín, era un niño solitario, ávido lector. Perteneció a la generación francófona, al igual que sus compatriotas Carlos Fuentes y Alfonso Reyes, él miraba con devoción idílica la vida cultural en París, era su anhelado epicentro artístico del mundo. Julio Cortázar, el polígrafo argentino, fue su gran amigo en París, también nació en 1914, en los albores de la primera guerra mundial, cuando el cielo europeo era desgarrado por el fuego de los obuses, y México se debatía entre revolucionarios  empapados en tequila y aroma de agave.

Octavio comenzó a escribir versos en su adolescencia, publicados en revistas como Barandal:

“La madrugada: 
dispersión de pájaros 
y ese rumor de agua entre piedras 
que son los pasos campesinos”

En 1937 asistió al Congreso de Escritores Antifascistas realizado en Valencia, España, y esa experiencia lo marcó. Lo impactó la Guerra Civil española con sus escenas de dolor, vio el odio fratricida expresado tan brutalmente. Eso lo reflejó en su producción poética: “No pasarán”. Conoció al poeta militante Pablo Neruda, al líder de los surrealistas André Breton, y al gran escritor Albert Camus, a Rafael Alberti; figuras que le inspiraron, le señalaron el camino de las letras que comenzaba a recorrer.

En el año 1942, recorrió la Costa Oeste de los Estados Unidos, llegó hasta San Francisco. En 1944 recibió la beca artística Guggenheim y pasó ese año en la Costa Este, forjando su vocación de políglota, de ciudadano del orbe. Ya antes, había estudiado en el Colegio Inglés su primaria, y en el colegio La Salle, con una educación francesa. Su padre, el Doctor Paz Solórzano era abogado y escribano, militante de la causa zapatista. Pero además, era un bebedor obsesivo, mujeriego y trasnochador. Octavio, su único hijo, no tuvo una relación cordial con él, entre ellos siempre hubo grandes distancias, inmensas ausencias. Lo describe en su poema de forma desgarradora:

“Atado al potro del alcohol, 
mi padre iba y venía entre las llamas. 
Por los durmientes y los rieles 
de una estación de moscas y de polvo 
una tarde juntamos sus pedazos. 
Yo nunca pude hablar con él. 
Lo encuentro ahora en sueños, 
esa borrosa patria de los muertos”

Su padre murió el 8 de marzo de 1936 arrollado por una locomotora mientras deambulaba ebrio por el patio central de la estación de trenes. Octavio solo tenía 21 años cuando ese terrible hecho lo estremeció.

En 1954 Paz ingresó al servicio diplomático de su nación, lo enviaron como Embajador a París. Una vez instalado en la megalópolis europea, compartió tertulias con los surrealistas de la época, artistas que ejercían una gran influencia en los pintores y poetas del mundo desde su cofradía bretoniana en la ciudad luz.

En 1950 apareció una de sus obras más relevantes “El laberinto de la soledad” ensayo celebérrimo sobre la cultura y la psicología del mexicano, editado por Cuadernos Americanos. En palabras de Alejandro Rossi: “Hoy día El laberinto de la soledad es un libro cuya lectura forma parte de la educación escolar de los mexicanos”. Escrito entre 1948 y 1949 en París. En sus páginas Octavio Paz expresa:

“Un examen de los grandes mitos humanos relativos al origen de la especie y al sentido de nuestra presencia en la tierra, revela que toda cultura, entendida como creación y participación común de valores, parte de la convicción de que el orden del Universo ha sido roto o violado por el hombre, ese intruso”.

Su agudeza como ensayista no tuvo parangón, sus planteamientos, sus análisis blindados:

“Entre los aztecas el color negro estaba asociado a la oscuridad, el frío, la sequía, la guerra y la muerte. También aludía a ciertos dioses: Tezcatlipoca, Mixcóatl; a un espacio: el norte; a un tiempo: Técpatl; al sílex; a la luna; al águila. Pintar algo de negro era como decir o invocar todas estas representaciones”. (El arco y la lira, 1956)

El 2 de octubre de 1968, toda América Latina se estremeció con la matanza que perpetró un grupo élite del Ejército de México, llamado Batallón Olimpia. Fue en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Ese día, a las 6:10 de la tarde, cayeron bajo las balas unos 300 estudiantes universitarios, que protestaban pacíficamente. Ese hecho lo repudió el mundo entero. La orden de disparar la dio el Presidente Gustavo Díaz Ordaz, hombre  colérico, vil, quien había sido entrenado por la CIA en su juventud. El poeta Paz, que en ese momento era Embajador en La India, dimitió de su cargo en protesta por el genocidio, por ese crimen aberrante. Su renuncia fue un acto de dignidad, de respeto hacia el pueblo mexicano, que más tarde lo reconoció la comunidad intelectual mundial.

Paz siempre estuvo ligado a excelentes revistas, sintió gran pasión por ellas, en su sangre corría tinta. Hizo trabajos de excelente factura para cada una, fundó la Revista Taller, escribió para Plural y creó la revista Vuelta hacia 1977. Entendía que era el medio ideal para la difusión correcta de la literatura y la crítica artística en Hispanoamérica. Él fue un gran editor y un consecuente colaborador de revistas literarias y filosóficas, toda su vida.

Recibió los premios y reconocimientos más importantes a los que puede aspirar un escritor en este mundo: Premio Jerusalén 1977. Premio Miguel de Cervantes, 1981. El Alfonso Reyes, 1985 y el Premio Nobel el 10 de diciembre de 1990: en esa ocasión pronunció un discurso memorable que tituló “La búsqueda del presente”, que ha sido estudiado y publicado de forma continua. Recibió el Premio Ollin Yolitztli de México en 1990. El Premio Príncipe de Asturias en 1993, y le confirieron la Gran Cruz de la Legión de Honor de Francia en 1994.

Uno de los mayores reconocimientos a Octavio Paz por su colosal obra, ha sido la reinauguración de La Biblioteca Española en París, fundada el 20 de octubre de 1952, creada con los volúmenes procedentes de la Exposición del Libro Español que había tenido lugar ese mismo año en la capital francesa. En 1991, el Instituto Cervantes se hizo cargo de su gestión, y la integró en su compleja red institucional. Desde 2006 tomó el nombre de “Biblioteca Octavio Paz”, en memoria del escritor mexicano.

Octavio fue un gran defensor de la mujer, expresó: “el grado de civilidad de una sociedad se mide por el trato que esta da a sus mujeres”. Tuvo dos esposas, la bailarina y escritora Elena Garro, con quien se casó en 1937 y se divorció en 1945. Y su gran amor, la graciosa francesa Mirie José Tramini, quien había sido esposa de un diplomático galo. Con ella se casó en 1964, recorrieron La India y permanecieron unidos hasta su hora final. Precisamente a una mujer mexicana, Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) dedicó su obra maestra “Las trampas de la fe” en 1982, destacando su creación poética, recreando el mural extraordinario de la sociedad colonial, el ambiente cultural del siglo XVII, y las relaciones con la poderosa iglesia. En su primera edición, el libro contó con 673 páginas escritas magistralmente sobre la poeta mestiza. En la opinión de Mario Vargas Llosa, esa obra: “es el mejor ensayo literario en lengua española”.

En su visión política Paz fue contradictorio, pues en su juventud militó fervorosamente en la izquierda mexicana, defendió las ideas marxistas con vehemencia. Al entrar en la edad madura se convirtió en un liberal feroz, inquisidor de todo lo que oliera a marxismo, en una actitud poco equilibrada, propia de un fanático anticomunista exacerbado. La posición del joven socialista, lleno de utopías y queriendo cambiar el orden mundial, la reflejó en su hermoso poema “Nocturno de San Ildefonso” el colegio donde estudió:

“Una bandada de niños con los periódicos que no vendieron hace un nido. Los faroles inventan, en la soledumbre, charcos irreales de luz amarillenta. Apariciones, el tiempo se abre: un taconeo lúgubre, lascivo: bajo un cielo de hollín  la llamarada de una falda.  El viento indiferente arranca en las paredes anuncios lacerados. A esta hora los muros rojos de San Ildefonso son negros y respiran: sol hecho tiempo, tiempo hecho piedra, piedra hecha cuerpo. Estas calles fueron canales.  Al sol, las casas eran plata: ciudad de cal y canto, luna caída en el lago. Los criollos levantaron, sobre el canal cegado y el ídolo enterrado, otra ciudad”.

Logró reconciliarse con Pablo Neruda después de 25 años distanciados por el apoyo del poeta chileno a Lósif Stalin y a la URSS; exactamente en 1968, estrecharon sus manos, cinco años antes de la muerte de Pablo. Luego de ese encuentro, Paz le confesó a un catedrático amigo: “Ojalá en el futuro me juzguen por mi obra poética y mis ensayos, más que por mis opiniones políticas coyunturales”. En los años 70 se enfrentó al PRI, el partido hegemónico de la derecha mexicana, y propuso una partido alternativo, con base en el pensamiento de centroizquierda.

Octavio Paz vivió 84 años intensos, viajó por el mundo entero, representó a su nación en tres continentes, se amalgamó a la cultura hindú, a la japonesa y la francesa. Publicó 108 libros: 34 de poesía, 46 ensayos y 8 antologías. Fue un hombre que amó por igual a las mujeres y a los libros. Se entregaba feliz a la soledumbre, a la reflexión y al ensimismamiento:

“El muchacho que camina por este poema,
entre San Ildefonso y El Zócalo,
es el hombre que lo escribe:
esta página
también es una caminata nocturna”

Como cantó Pablo Milanés: “El tiempo, el implacable, el que pasó”, pareciera que Octavio Paz nunca va a pasar, estará en un presente continuo, tal como lo concebían los estoicos liderados por Crisipo: Octavio es el tiempo presente, el único posible.

Murió el 19 de abril de 1998 víctima de cáncer, padecimiento que tuvo su primer aldabonazo en 1977 y lo superó. Pero en los años 90 hizo metástasis en sus huesos, dejándolo en silla de ruedas, entre hospitales y su solariega Casa Alvarado situada en Coyoacán. En sus años finales, se hizo más ermitaño, más asceta. Siempre tuvo una gran lucidez intelectual, su poesía nunca se agotó, a diferencia de otros poetas que en la senectud se les seca la musa; su inspiración lo acompañó cada mañana de su fecunda vida. Cuando caemos en cuenta que hace más de 100 años nació Octavio Paz Lozano, y observamos cómo cada día su obra escala peldaños más elevados en el arte de la palabra, concluimos: este siglo que ha transcurrido lleva su nombre.

Twitter & Instagram: @leonmagnom
Correo electrónico: Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla

 

Astolfo Romero, redivivo este 20 de mayo. Crónica por @leonmagnom

“Me celebro y me canto a mí mismo,
y  lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque  lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también”
Walt Whitman. (Estados Unidos, 1819-1892)

La primera vez que vi a Astolfo Romero estaba bajándose de su auto, un Renault 12 de un color amarillo jaldado. Descendió de su carrito francés en el barrio 18 de octubre donde vivió muchos años,  cuna de importantes gaiteros, sector  que irónicamente fundaron en 1946 para rememorar el golpe contra el General  Isaías Medina  Angarita.  El hombre que vi esa mañana  tenía la tez clara, era bajo de estatura, con abundante cabello castaño, bigote y lentes bifocales, se desplazaba muy jovial por la acera de la escuela “Monseñor Granadillo”. Lo miraba casi con idolatría al igual que mis compañeros del grupo  gaitero de la Cruz Roja del Zulia que me acompañaban, era para nosotros un astro de la galaxia musical criolla, el líder carismático del género pascuero. Para ese noviembre de 1975, él  sólo tenía 25 años de edad y ya militaba en sus queridos Cardenales del Éxito, su divisa hogar, su marca y blasón, su  maternal  morada en la gaita.

Astolfo Romero nació el 8 de febrero del año 1950, año cósmico del tigre, signo que lo marcó como un ser apasionado, con dotes de líder y de innovador, artista envarado.

Tributó su homenaje a la calle Jugo del barrio El Empedrao donde nació y vivió su niñez, siendo el  primogénito de Rafael Romero y Cira Elena Chacín. Luego se trasladó a casa de su abuela  Mamá Carmen y su tía Laudelina, en  la calle Soledad, ubicada entre la Bomba Múnich y  los Cepillaos de Jesús Ríos. En esa casa  aprendió a colaborar con el negocio familiar de  venta de empanadas y mandocas, en las madrugadas solía acompañar a su tía a comprar el maíz en la molienda de don José, situada entre las calles Colón y Soledad. Ese ritual lo retrató en su tema “La Molienda” grabado por Maragaita en la voz de Luis Germán Briceño (2000).

Su vivencia de adolescente en esa casa de la familia Romero la plasmó en su  gaita del año 1989, que cantó  con Cardenales del Éxito, “En la calle Soledad”:

“Seis raya cuarenta y dos
el número de la casa
que al abrir la puerta pasa
de primero papá-Dios.
Ese era el lema sincero
de aquellas trabajadoras
las dos viejas forjadoras
de la familia Romero”

Desde niño Astolfo Romero sintió admiración por los bomberos que veía  desayunar en el negocio casero de su abuela, llegaban al amanecer  con sus uniformes azules de ribetes rojos y dorados a comer empanadas con el “cuáquer tempranero”.  La fascinación que sentía por los uniformes y su aura castrense, lo llevó a trasladarse a Mérida para hacerse bombero profesional. En esa capital andina estuvo actuando con varios grupos de gaitas.

Regresó a Maracaibo a finales del decenio de los 60 y se integró a las filas del Conjunto Santanita, con ellos pega en las emisoras zulianas  “La otra tamborilera”. En el Conjunto Santanita compartió escenarios con los estelares Cheo Beceira, Danelo Badell y  Gladys Vera.

Pasó a las filas de Cardenales del Éxito en la década de los 70, donde permaneció hasta el año 1979, logrando pegar  en la radio venezolana  sus temas: “Guarapachando”, “El Fogón”, “Gabinete del Diablo”, “El Vapor”, “Chucurruley”, “Bahía de Cata”. Realizó composiciones para otros solistas que recibieron el máximo galardón de la época, el Festival Nacional de Gaitas “Virgilio Carruyo”: “Mi Orgullo” que interpretó Gladys Vera con Santanita (1975) y “Sabor Añejo” que cantó Ricardo Cepeda con Cardenales del Éxito (1976).

En el año 1980 Astolfo transitaba sus  30 años de vida, la edad que tenía Ricardo Aguirre al momento de morir en 1969, ese año pasó a La Universidad de la Gaita, acción tomada en solidaridad con sus compañeros de Cardenales del Éxito, que rechazaban la forma de dirigir de Pedro Suárez. Con La Universidad de la Gaita graba los éxitos “Mi Cacharro y yo”, “El Marciano”,  “Dos Fronteras”,  una de las últimas composiciones del poeta  Luis Ferrer (1981).

En 1983 toma el timón de Gaiteros de Pillopo y les da un nombre nacional. Al lado de Daniel Méndez, Argenis Carruyo y Danelo Badell colocan gaitas en los primeros pupitres de la popularidad: “La piñata”, “La Taguara de Bartolo”, “El Barbero”, “El Mercado de los Buchones”, “Morrocoy”.  Obtuvo  el primer lugar del Festival “Una Gaita para el Zulia” de Industrias Pampero en 1984, dirigido por Miguel Delgado Estévez. Se hizo de un gran prestigio nacional y una sólida imagen de director de agrupación bien intuido, exitoso, con la doble valía de ser cantautor.

Su compadre “Chichilo” Urribarrí lo nombró director de Cardenales del Éxito en 1986, cuando compró esa marca musical a Pedro Suárez quien padecía de serios quebrantos de salud, y reagrupa a los solistas estelares de  la década de los 70, los mismos que le dieron renombre nacional a la agrupación fundada por “El Monumental” Aguirre.  Allí compone los  temas “El Burro”, “Entre Palos y Alegrías”, “La Gallera”, “Diciembre”, “La Florecita”, “La Cardenalera”, en este último tema, su verbo encarnado plasma  su amor por la divisa cardenal:

“Muchos fueron los autores
propulsores del folclor
de calidad superior
porque fueron los mejores
mil gracias a esos señores
que ayudaron cada año
a escalar cada peldaño
de veinticinco primores.
La Cardenalera es
la que nos hacía falta
porque se siente la gaita
como la de otrora fue.
Época feliz también
que albergó en los corazones
las más gratas emociones
que evocar nos da placer”

Al comienzo de la década de los 90, Astolfo se plantea la necesidad de crear su propia agrupación y sale de los Cardenales en 1991 luego de grabar “Puro Corazón”. En el año 1992 crea La Parranda Gaitera, con sus compañeros Daniel Méndez, Pedro “Cantaclaro” Villalobos, Rafael Sánchez, Miguel Parra, Nano Silva, Humberto Bracho y logran impactar en el ambiente gaitero con impresionante sonido que amalgama la gaita tradicional con armonías de vanguardia.  Se consolidan con  las gaitas: “Cosa tan buena”, “Aplausos”, “El Bodegón”, “Viajando por Venezuela” y realizan una producción antológica en homenaje al folclor gaitero, donde graban los temas que Astolfo consideraba los más trascendentes en la historia del género.

Después de la grata experiencia con La Parranda Gaitera, recorrió las filas de Maragaita (donde se destacó como director musical), Los Colosales de Ricardo Cepeda, Koquimba y el Gran Coquivacoa, agrupación de la que fue coprotagonista con Neguito Borjas,  pegando el tema “Alegrando corazones” en todo el país.

En paralelo a su actividad como solista compositor, Astolfo fue animador exitoso en radio, actor en NCTV, canal fundado en 1987 por Monseñor Ocando Yamarte.  Allí realizó el programa humorístico  “A la Jaiba” junto a Simón García, Carlos Sánchez y Ricardo Portillo, que gozó de alto rating.

Astolfo siempre tuvo una actitud creativa intensa, con reposos que solía tomar en Isla de Toas, frente al lago que su padre Rafael “El Marino” lo enseñó a amar.  En una entrevista en Radio Calendario 1020, él me contó  que solía leer poemas y su autor preferido era Walt Whitman y su poema “Canto a mí mismo”, que sirve de epígrafe de esta crónica.

Con apenas 50 años de edad, Astolfo murió víctima de un síncope cardíaco el 20 de mayo de año 2000. Su despedida fue una multitudinaria manifestación de cariño del colectivo zuliano. Será recordado su cortejo fúnebre como uno de los más concurridos.  Sus restos reposan en el viejo cementerio Corazón de Jesús, con su  emblemático dintel lacerado,  mostrando la palabra latina “Pax” en lo alto.

Sus gaitas están vigentes en las escuelas, en las barriadas, en las calles de Veritas, en las radas de Toas. Su estirpe de líder en la gaita tiene el reconocimiento nacional, y su espíritu de bardo ahora habita en todas partes.

A  63 años de su llegada a este mundo, y a 13 años de su pronta partida, recordemos a “El Parroquiano”, sembremos su canto en nuestra memoria, esa es la única manera de mantener vivo su talento, su magia de creador zuliano. Cada 8 de febrero Astolfo celebrará su nacimiento unido al del genio de Nantes: Julio Verne, dos emblemáticos acuarianos. Cada 20 de mayo lo sembraremos.

Que repiquen las campanas por “El Parroquiano”, redivivo en este tiempo de amor y  cambios en su ciudad catedralicia. Su obra es  fuente sonora que no cesa.

Twitter: @leonmagnom
Correo: Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla

 


Página 27 de 46
Banner
Banner
Banner
Banner