¿Cómo te gustaría que celebráramos los 30 años de Sabor Gaitero?
 
Banner
Banner
Sabor Gaitero

José Ignacio Cabrujas en su ágora catiense

Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.

Rafael Cadenas (Barquisimeto, 1930)

El 17 de julio de 1937, Matilde Lofiego, una caraqueña bella y diminuta, salía airosa de un largo y doloroso parto: su estrecha pelvis por fin dejaba salir al niño que llamaría José en honor a sus abuelos e Ignacio, en gratitud con el santo jesuita, militar y polígrafo de origen vasco que luchó contra Lutero y fundó la Compañía de Jesús. Ese día nació el dramaturgo más importante de Venezuela, el  brillante cronista José Ignacio Cabrujas, hombre de múltiples talentos a quien Román Chalbaud, muchos años después, enseñó con sólo tres frases a redactar guiones para cine.

Cabrujas confesó que el ser que más amó fue su padre, el sastre José Ramón, hombre austero y esforzado, que tuvo la visión de llevarlo al Colegio San Ignacio de Loyola en Caracas para que lo educaran los jesuitas y así contrastar con la educación que a diario recibía en la plaza “Pérez Bonalde”, de la entonces bucólica Catia, una barriada aún con neblina a las seis de la tarde, y con brisa de mar lejano al amanecer.  Esa plaza fue su ágora, allí conoció al pintor Jacobo Borges, allí lo oyó hablar de su encuentro con Picasso, allí fabularon y crearon un mundo onírico que les permitía realizar su sueño más recurrente, salir de Catia para visitar los teatros del mundo, para llenar los escenarios con sus creaciones.

José Ignacio era un niño miope, de anteojos espesos, pelo rizo, muy tímido, con una gran imaginación, que convivía con las putas que se exhibían frente a los  bares, bajo la luz de bombillos violetas, con peloteros bebedores de cerveza, cinéfilos, mecánicos, timadores y músicos de la calle. Pero en contraste con esa realidad que vivía en la puerta de Caracas, estudiaba en el mejor colegio de la capital, al lado de los hijos de aristócratas como su compañero Henry Lord Boulton.

Su sitio en el mundo, su vocación, la descubrió leyendo “Los Miserables” de Víctor Hugo; entre llantos declaró su amor a ese oficio de escritor, a la posibilidad de conmover a través de la prosa.  Llegó a afirmar: “El teatro yo lo hago, no lo amo, sólo lo hago, lo escribo”.

Esa pasión creadora produjo 23 obras de teatro, 18 guiones para películas, cerca de 500 crónicas y algunas miniseries de televisión y varias telenovelas. Pero cuando consulto el portal www.elpoderdelapalabra.com leo sobre él: “Artista comprometido con la realidad social de su país, fue una de las personalidades teatrales más importantes de esa nación”. Luego destaca sólo tres obras de su dramaturgia: “Profundo” de 1970, “Acto Cultural” de 1976 y “El día que me quieras” de 1979.

Pienso que Cabrujas le dio mucho de su corta vida, de apenas 58 años, al mundo del entretenimiento melodramático, a las telenovelas. Si bien su pluma sentó un nuevo paradigma en el género, y propuso la telenovela cultural, parece que ese esfuerzo en el tiempo se reduce a un “mata tigre” bien pagado, sin mayor trascendencia artística.

Motivado por mi admiración al maestro Cabrujas, asistí a la premier del documental de Antonio Llerandi (Caracas, 1943) en el Teatro Baralt, titulado “Cabrujas en el país del disimulo”, obra que realizó con la colaboración de la cineasta Belén Orsini y Diego Rísquez. Es un excelente trabajo que según su director Llerandi comenzó luego de que dictó un seminario en la Escuela de Arte de la Universidad del Zulia. Allí le sorprendió enterarse  que ninguno de sus 22 alumnos conocía a José Ignacio, no tenían ninguna referencia de su obra sustancial. Como resultado de esa experiencia, surgió una pieza fílmica de unos 90 minutos, donde se recrea la infancia del dramaturgo en Catia y su entorno familiar, presentando hermosos testimonios de sus amigos más entrañables: Román Chalbaud, Isaac Chocrón, Jacobo Borges, Tania Sarabia y Teodoro Petkoff, a quien le diseñó campañas como candidato presidencial.

El documental de Llerandi es un abordaje al Cabrujas político, manifiesto comunista, ateo, fundador del partido Movimiento al Socialismo (MAS), con una posición antípoda a la cultura adeca que reinaba en la Caracas de Billo´s.  Por otro lado, al Cabrujas esposo, con sus tres matrimonios relatados de forma cálida y afectuosa por sus esposas: el primero con Democracia López en 1960, el segundo con la diseñadora de raigambre húngara Eva Ivanyi en 1976 y el tercero con la musicóloga, soprano y pianista Isabel Palacios en 1985.

Al Cabrujas actor, no sólo de cine y teatro con solvencia, sino al actor político, que brindaba unas entrevistas estelares. A lo largo del documental aparecen escenas de películas donde participó personificando un cura, en narraciones magistrales  y en entrevistas televisadas. En una de esas  planteó: “Ojalá el Doctor Caldera sea el último presidente histórico en este país, y que en adelante tengamos un gerente, que gobierne por un lustro”. En el programa de su amigo  José Vicente Hoy dijo en 1995: “El Doctor Caldera se ufana de tener una próstata sana, pues yo le pido;  utilice su próstata y ponga en marcha este país.”

El documental tiene dos escenas de alto voltaje histriónico, muy bien actuadas, la primera basada en su texto “Sexo, mentiras y video” con los actores Aroldo Betancourt, Ibsen Martínez y Mayra Alejandra. La segunda basada en su personaje obstinado y soberbio, el General Pío Fernández, protagonizada por Gustavo Rodríguez y Elba Escobar. Simplemente son actuaciones magistrales, que le dan un giro de alta factura actoral a la producción.

El documental nos muestra al Cabrujas operático, enamorado de ese arte que él definía como lo más antiguo que nos quedaba, que lo apasionaba. Siempre estuvo cerca de la ópera, lo alimentaba, la llevaba como un sello atávico en su apellido materno.

De sus 18 guiones para cine destaca “El pez que fuma” (1977), realizado  junto a Román Chalbaud, “Amaneció de golpe” de Carlos Azpúrua (1998), “Doña Bárbara” (1975) filme donde él hace la narración inicial y la adaptación del guión,  “Sagrado y Obsceno” (1976) y “La quema de Judas” (1975).

En el año 1992 compiló sus crónicas “El país según Cabrujas” en un hermoso tomo de Monte Ávila Editores, que recogió sus joyas periodísticas, donde exhibe su inagotable creatividad, su humor, su verbo a veces sardónico con el que describe los avatares de la vida política criolla.

Es memorable su crónica sobre la rebelión del 4 de Febrero donde dibuja a Carlos Andrés Pérez preocupado, no por la asonada militar, sino por el bochorno ante el Presidente Bush. Lo describe embutido en un chaleco antibalas, con su calva rodeada por sus escasos cabellos hirsutos, desde el bunker de Diego Cisneros, hablando a los medios del mundo. Ese libro debería ser materia obligatoria en nuestras escuelas de Comunicación Social.

En una de sus crónicas afirmó: “No creo en la obediencia ciega, ni en el celibato de los curas, porque los órganos son para usarlos, tanto el cerebro, como el otro”.

Siempre pensé que la voz de José Ignacio Cabrujas era casi como un personaje en sí misma, un ser viviente autónomo, un sonido que iba dibujando con perfecto trazo situaciones inéditas, sus personajes. La voz de José Ignacio entra en el conjunto de voces con registros bajos, timbres exquisitos, que le dieron un sonido - identidad a Venezuela, como la de Renny Ottolina, Héctor Mayerston y Héctor Monteverde.

Al final del documental sus amigos plantean el debate ¿Qué mató a Cabrujas? Rodolfo Izaguirre dice: “El exceso de espaguetis con albóndigas”. Chalbaud afirma: “Fue el cigarrillo”. Lo cierto es que un infarto lo sacó de este mundo mientras estaba en una piscina en la Isla de Margarita, el 21 de octubre de 1995.

Su viuda Isabel Palacios cuenta que el traslado de su cadáver a Caracas fue lo más parecido a un guión cabrujiano, surrealista e irónico. La avioneta que enviaron para trasladar su cuerpo era muy pequeña y el ataúd no cupo. Cuando por fin llegó su urna por vía marítima a La Guaira, los deudos la subieron a un camión. Cuando  el camión  iba rumbo a Caracas, lo detuvo la Guardia Nacional por no presentar el acta de defunción. El efectivo militar en turno no tenía la menor idea de quién era José Ignacio Cabrujas. El accidentado periplo fúnebre terminó con su entierro, muy emotivo, rodeado de la gente del teatro en Caracas, su ciudad de demoliciones y terremotos, donde nada es digno de recordarse o de tener memoria, según él escribió.

Pienso que a José Ignacio no lo mató el cigarrillo, ni los espaguetis, ni ese virus tan letal que afecta a muchos venezolanos; el olvido. A casi dos décadas de su partida, su voz sigue sonando armónica y su genio llamea entre nosotros. Su presencia se siente viva en su ágora de Catia, él está esperando subir de nuevo a los escenarios, mientras lee a los transeúntes catienses los versos de su poeta elegido; Rafael Cadenas, el poeta que él dijo necesitar:

“Soy solo espectador.
Una nostalgia me toma
como un lamento de la piel”

Gracias maestro Llerandi por acercarnos al misterio cabrujiano, al mundo complejo que él creó. Gracias Belén por despertar el amor dormido por el preceptor del teatro moderno en Venezuela. Pido se levante el aplauso para ustedes.

Twitter: @leonmagnom

 

Miguel Ordoñez, poeta y cronista sencillo por @leonmagnom

 

“La cultura es lo queda cuando
todo lo demás se ha olvidado”
Umberto Eco (Italia, 1932)

El nombre Miguel determina un protector de los pueblos, el arcángel que anuncia nacimientos, que sabe comunicar y defender a los suyos.

El 1 de noviembre de 1953 nació, del vientre de la mujer de raigambre andina María Silveria Rivero, un Miguel para cantarle a la tierra y sus prodigios, a los seres que pueblan el lago, a lo maravilloso de la cotidianidad marabina: Miguel Alejandro Ordoñez Rivero. Su padre Rafael Ordoñez, un saladillero raigal. Su niñez transcurrió en el sector La Salina, barriada cercana a Santa Rosa de Agua. Su primer instrumento fue el furro, como lo cantó su admirado Astolfo Romero:

"El instrumento puntero
de la gaita original
es el furro el principal
que lleva el golpe pascuero"
(Cardenales del Éxito, 1991)

Ese fue el  instrumento que ejecutó siendo adolescente en el conjunto Los Sabrosos de Wolfang Larreal en la década de los 60: El mandullo como lo llamó Virgilio Carruyo.

Sus primeros referentes en la composición fueron Eurípides Romero, Alí Primera, Armando Molero y Ricardo Aguirre.  Comenzó a trasladar a su cuaderno los versos sencillos que le llegaban, los pequeños cuentos que iban naciendo en la urdimbre de su genio, así fue moldeando su temprana vocación de creador.

Su primer éxito surgió con Los Zagales del Padre Vílchez “Canta Cantor”, en 1979, en la voz de Magda Guerra, una solista de gran clase, de gran portento vocal. Miguel logró una sólida amistad con el Padre Vílchez Soto, gracias a la intermediación del psicólogo y trovador Carlos Narváez, quien lo recomendó, le dio su aval artístico al novel compositor en esa ocasión.

En 1980 irrumpe en la temporada con la agrupación Hermandad Gaitera, con su gaita “Bulevar” en la voz del profesor Hermilo Suárez y logra el máximo reconocimiento del público y de los programas de radio dedicados al género.  Ese mismo año surge “Canturreando”, un clásico grabado por el conjunto Rincón Morales en voz de Lula López, una de sus intérpretes más leales:

“Que viva la gaita
viva el parrandón
y la contradanza
de esta gran región.
Que viva, la danza,
la décima, el vals
canta el soberano
el verso popular”
(Rincón Morales, 1980)

Sus composiciones reflejan escenas y personajes de la ciudad primigenia, de la primera conformación urbana que se erigió como capital lacustre y ciudad puerto. Pero también  conecta su obra con el canto universal que convoca a la paz del mundo, a la justicia y al amor cósmico.

Su participación en el Festival “Una Gaita para el Zulia” fue muy destacada: logró el premio con “Las Petacas” en 1986, interpretada por el Grupo Candela y en la edición 1985 estuvo entre los tres mejores compositores con “Los Botelleros”, grabada por Gaiteros de Pillopo en la voz de Daniel Méndez:

“Arre dale a la carreta
que hay un sol malasangroso
vení chacho fastidioso
y vos también negra bella
pa´ cambiarte una botella
por los mamones sabrosos”
(Gaiteros de Pillopo, 1985)

Es un compositor que ha reflejado las luchas sociales del pueblo, con la especial  influencia de sus maestros  Alí Primera y Firmo Segundo Rincón. Alzó su voz combativa contra las amenazas de guerra nuclear entre las grandes potencias mundiales con su tema “Apocalipsis” interpretado por Daniel Méndez y Los Zagales del Padre Vílchez:

“Pueblos de todito el mundo
uníos en una fuerza
para que el hombre no ejerza
toda su depredación
derrocadle la ambición
de dominio por dinero"
(Zagales del Padre Vílchez, 1982)

Cuando se produce la reagrupación de Cardenales del Éxito en 1986, bajo la égida de Astolfo Romero como director y con el financiamiento del empresario Jesús “Chichilo” Urribarrí, Miguel es llamado para participar en su primera producción, el doble álbum de vinilo donde estaban los temas “Ceuta”, “El burro” y “La Sirena”. La gaita de corte costumbrista-nostálgica que propuso Miguel la grabó su viejo amigo exzagal Daniel Méndez: “Rubén el campanero”:

“La parroquia está de fiesta
Ay, qué bonita mañana
el tañer de las campanas
despierta al saladillero
y Rubén el campanero
la hace festiva y galana”

En paralelo a sus composiciones musicales, Miguel ha sido un trovador, juglar  guitarra en mano en las rondas nocturnales. Llegué a verlo en la década de los 80 al lado de Marline, entonces su esposa, con su admirado Eurípides Romero y su acordeón en hombros, parrandeando por las calles y solares de los barrios San José, Santa Lucía y 18 de octubre.

Su producción en prosa ha sido muy celebrada, él es autor del tomo “Ricardo Aguirre el Monumental” que tuve el honor de prologar en su primera edición a principio de la década de los 90. Me sorprende cómo ese libro trazó un mapa para valorar la obra de Aguirre, la que él considera un tesoro sagrado dentro del laberinto de la cultura popular. Además, ha publicado dos libros de crónicas musicales de alta factura. En 1999 se editó la segunda edición de su libro pionero sobre la vida y aporte de Aguirre.

En el año 1992 creó su agrupación “La Cuadra”, con la cual grabó una gaita vivencial llamada “La Salina”, en la que rinde homenaje a los personajes de su infancia. En La Cuadra compartió la escena con Cheo Beceira, sus hermanos y Alexander Villalobos entre otros buenos bardos.

Si preguntamos quiénes fueron los amigos más cercanos a Alí Primera en el Zulia, es obligatorio nombrar a Miguel Alejandro. Desde el año 1970 cuando conoció al cantor falconiano en el auditorio de la Facultad de Ingeniería de LUZ, siempre compartió con Alí Rafael cantatas, parrandas y amaneceres en Cerros de Marín, en la solariega casona de doña Josefina de Molero. Durante muchos años coincidieron en los escenarios en las calles de Maracaibo y en la península de Paraguaná. Esa huella profunda de poesía, música y amor a la patria; “el panita Miguel” la lleva en su alma.

Esas vivencias las plasmó en sus décimas y danzas, como la que cantó su camarada entrañable Justo Montenegro, “El Credo” en 1994. Años después, esa décima la versionó el  cantor falconiano José Montecano, hermano de Alí:

“Creo en la sabiduría
del pueblo y en su cantar
y creo que va a lograr
su redención algún día,
yo creo en la fantasía
de crear un mundo mejor,
en Jesús el salvador,
y no creo en el infierno
como no creo en gobiernos
de fariseos y pretor”
(Grupo Candela, 1994)

Otra de las facetas importantes en la destacada carrera como artista de Miguel, es la de hombre de radio, la de cronista a través de las ondas hertzianas. Ha realizado programas junto a Ramón Soto Urdaneta, y tuvo un exitoso espacio en LUZ FM 102.9. En ese medio su verbo fluye, crea imágenes que relatan a los oyentes un mundo de personajes, costumbres, sueños colectivos.

Miguel Ordoñez asume una nueva responsabilidad este 2013 como hombre de la cultura, ahora es el director del Museo de la Zulianidad, ubicado en Santa Lucía, hermosa edificación situada en el antiguo hato “El Nilo”. Desde allí desarrollará un programa de exposiciones, cantatas y foros sobre nuestras formas musicales y compositores. Para ello cuenta con el aval de la Fundación Regional de la Gaita, adscrita a la Gobernación Bolivariana del Zulia, en el naciente tercer gobierno del comandante Francisco Javier Arias Cárdenas.

El muchacho que en los años sesenta fue un tímido furrero, ahora es un respetado ejecutante de la mandolina, cuatro, guitarra, que lleva varias centenas de gaitas, danzas, décimas en su alforja de autor. Tiene tres libros publicados, reconocimientos y premios recogidos en los escenarios nacionales. En la temporada  2011 compuso el tema “Campechano” que grabó Ricardo Cepeda con Los Colosales y obtuvo predilección del público:

“Cantando que viva
el calor campechano
de los gaiteros
que el tiempo reviva
la fuerza del canto maracaibero
que suene un gaitón
lleno de hermandad
y que el pueblo entero
reviente vivas en la Navidad”

La vida le trae al poeta sencillo Ordoñez Rivero un regalo inapreciable, su sexta hija: Maya, nombre que en lengua náhuatl significa “La elegida”. Junto a su esposa Anhúa, dama de ascendencia añú, esa niña llena su hogar santaluciteño de alegría, de luz. Como lo cantó el poeta indio Tagore en 1913: “Cada niño que llega al mundo, es una prueba más de que Dios aún confía en el hombre”. Creo que Dios sigue confiando en nuestro compañero Miguel; el poeta y cronista sencillo con nombre de arcángel guerrero.

Twitter: @leonmagnom

 

 

Héctor Lavoe y su extraño poder

“Junto a las piedras crecidas bajo el llanto
tras las rejas me arrastraron
en medio del mercado, 
allá donde se iza la bandera
a la que no he prestado nunca juramento”

Paul Celan (Rumania 1920-1970)

La primera vez que vi una fotografía de Héctor Lavoe me pareció ver a un escritor más que a un sonero, vía una imagen que me recordaba a Woody Allen joven, con un  flux a cuadros,  muy costeño, muy garcíamarquiano.

A finales de los años setenta, junto a mi hermano Leandro, buscaba con ansiedad  las producciones de ese sonero blanco de anteojos,  escudriñaba sus canciones en nuestras rondas musicales, en las  rumbas de nuestro Barrio San José. Escuchábamos sus primeros éxitos con Willie Cólon de sus LP’s “La Gran Fuga”, “El Malo”, “Cosa Nostra”, “Asalto Navideño”, discos que salieron al mercado entre 1967 y 1973 con un fuerte impacto en el imaginario del Caribe Urbano. Sus temas “Calle luna, calle sol”, “Barunto”, “Juana Peña”, “La Murga”, “El día de mi suerte”, “Piraña” aún siguen presentes en muchos programas de radio especializados y en las fiestas de las barriadas caribeñas.

Su ciudad natal fue Ponce, “La Perla Sur”, donde vio la luz el 22 de septiembre de 1946, la cuna de sus amigos Cheo Feliciano y Papo Lucca. Su madre, Francisca Martínez era una cantante que actuaba en las fiestas patronales puertorriqueñas, que murió a causa de una mal pulmonar cuando Héctor tenía solo cuatro años. Su padre, Luis Pérez, un director de orquesta típica, se empeñó en que su hijo estudiara música en la Academia “Juan Morel Campos”.  El niño Héctor Juan poseía un oído casi absoluto, con una afinación natural, admiraba e imitaba a  cantantes como Gardel, Sadel, Chuíto de Bayamón y Daniel Santos.  A su venerado Felipe Pirela  le dedicó un álbum homenaje en 1979, donde compiló sus mejores boleros, y que se convirtió en un record en ventas.

En ese mundo de sonidos que comenzaba a habitar Héctor, tuvo su primera floración cuando conformó su agrupación de aficionados a los 14 años de edad,  participando en programas de radio y televisión en la “Isla del Encanto”.

El 3 de mayo de 1963, con sólo 16 años de edad llega a Nueva York, la capital mundial de la música, allí vivió junto a su hermana mayor, trabajó como pintor de vallas, hasta que comenzó en la orquesta New Yorker Band en 1964 gracias a la invitación de Russell Cohen. Su primera interpretación fue el bolero “Plazos Traicioneros”. Lo bautizaron  “El flaco”, un cantante que llenaba el escenario con su carisma sereno y su sonrisa.

Hizo un hábito  visitar el  Bronx y allí  conoció al joven trombonista y arreglista  Willie Colón,  un neoyorquino de ascendencia puertorriqueña que no hablaba español. Se unen y comienzan una carrera de éxitos, con una primera etapa que fue  desde 1967 hasta 1973. Colón años después confesó que Héctor fue quien lo enseñó a hablar español y  años más tarde  cantó en ese idioma con notoriedad.

Juntos logran impactar los públicos de América con su imagen irreverente, desafiante de “Los chicos malos de la salsa”, una especie de raperos retadores de hoy;  eran  jóvenes de 16 y 17 años, con atuendos de gángsters,  que en vez de gritar “Sexo, drogas y rock and roll” como los blancos de Woodstock, gritaban “Salsa, sexo y alcohol” con fama en espiral. Aunque en el caso de Lavoe, su grito devino en un oscuro tránsito por los laberintos de la heroína, adicción que acabó unas décadas después con su carrera, su familia  y con su vida.

En el año 1975 Héctor comenzó su exitosa carrera en solitario, con el legendario álbum “La Voz” asesorado por su coterráneo José Febles y Willie Colón. Comienza una escalada de éxitos que tiene su cima más alta en el álbum “La Comedia” de 1978, donde aparece disfrazado de Charles Chaplin, allí graba su propia descripción musical con el tema “El Cantante“  escrito por el panameño Rubén Blades:

“Yo soy el cantante
muy popular dondequiera
pero cuando el show se acaba
soy un humano cualquiera:
Y nadie pregunta
si sufro, si lloro
si llevo una pena que hiere muy hondo
yo soy el cantante y mi negocio es cantar
y a los que me siguen
mi canción voy a brindar”

César Miguel Rondón afirma: “En el canto de Lavoe conseguimos la venganza por la vida sufrida del barrio, una voz de arrabal que reta, una asechanza”.  Su compañero Cheo Feliciano sobre él  dijo: “Él era un duende al que todo se le perdonaba”.  Y ciertamente en muchas ocasiones el público lo esperó por dos o tres horas, y al llegar Héctor a cantar, lo insultaban, le gritaban improperios, pero después de la tercera canción lo adoraban, le coreaban sus temas y consentían. Era “el pana malandro” que cantaba con el sentimiento de los suburbios:

“Juanito alimaña con maña
llega al mostrador
saca su cuchillo sin preocupación
pide que le entreguen la registradora,
toma los billetes, saca un pistolón, pum”

El propio Rubén Blades al definirlo dice: “Él tenía un poder, el poder del barrio y mucho humor, sin duda, el humor es una cualidad de los hombres inteligentes”.

Su vida fue un péndulo entre la tragedia y la victoria, sus matrimonio minados por la discordias y sus excesos, primero con Carmen Castro en 1968 y después con Nilda “Puchi” Román en 1969 quien fue la mujer de su vida, su pasión y frenesí.

Héctor vivió el honor de ser el cantante de salsa más admirado por sus compañeros de la orquesta  Estrellas de Fania, el solista que cerraba el show por ser el más esperado por el público salsero, interpretando “Mi Gente” el tema que le compuso Johnny Pacheco. Pero a la vez el padre que tuvo que  enterrar a su pequeño hijo víctima de un accidente con armas de fuego entre amiguitos. Después soportó el asesinato de su querida suegra a causa de múltiples puñaladas en un asalto, vivió el incendio de su apartamento en Queens, donde salvaron  milagrosamente la vida él y su esposa. Estos sucesos convirtieron a Héctor en un ser mustio, solitario, silente.

El cantante Tito Nieves, su vecino solidario en Queens, dijo: “Luego de esos sucesos, Héctor murió, desde entonces  su espíritu, su deseo de luchar y triunfar, se truncaron, siguió en la vida como vegetando”.

Es muy irónico afirmar que un ser como él, que transmitió tanta alegría, que portaba una luz muy alta en los escenarios;  siempre vivió en un sótano de tristeza, de depresión y rabia que le incendiaba su alma.

El deterioro de su personalidad fue progresivo, lo llevó a hospitales psiquiátricos, intentó quitarse la vida lazándose de un noveno piso del Hotel Regency en Puerto Rico, después de un fallido concierto en Bayamón en 1988.  Al igual que Marilyn Monroe y tantos otros drogadictos compulsivos, comenzó a incumplir sus agendas, sus  rutinas de trabajo, comenzó el terror a los micrófonos, se hizo un ser agresivo, atrapado por la vesania. Progresivamente perdió el control de sus emociones, de algunas habilidades y destrezas, solo lo movía una pulsión de muerte, aunque no lo admitiera.

Esta fue la imagen que de Lavoe presentó la película “El Cantante “ protagonizada por Jennifer López y Marc Anthony, sin hacer justicia a su inconmensurable talento, a su portento de artista único, al que músicos y cantantes del género salsa consideraron  “el cantante de los cantantes”.

Su deceso se produjo el 29 de junio de 1993 en el Hospital Saint Claire de Nueva York, su cuerpo estaba minado por el sida, virus  que contrajo producto del intercambio de jeringas entre drogadictos. Fue enterrado en el viejo cementerio Saint Raymond de Queens. Pero, tal cual fue su voluntad, un año después sus restos fueron sepultados junto a su hijo y su esposa Puchi en Ponce, su cuna, la ciudad señorial.

Héctor Juan Pérez Martínez, el jibarito, el ponceño enamorado de las canciones tradicionales de su tierra, del sonido del cuatro boricua que ejecutó con maestría Yomo Toro en sus discos navideños, el apasionado  de la plena,  al que llamaron “La Voz”;   sucumbió ante las drogas, la tristeza. Su cuerpo estuvo signado por el fracaso, pero su alma por el triunfo, y seguirá por mucho tiempo brillando entre nosotros, como un extraño poder.

Elegí el epígrafe del poeta rumano Paul Celan, voz de la resistencia nazi, porque Lavoe  nació  bajo las piedras del llanto, del dolor, y fue arrastrado por el mercado musical para convertirlo en una máquina de producir dinero, explotado y confinado entre las rejas de un sello en Nueva York, y aún así nunca prestó juramento a la bandera norteamericana,  no fue anexionista, fue un jibarito raigal, que defendió y promovió el canto del coquí del Yunque, la cultura borinqueña pionera y se negó a que Puerto Rico fuese la estrella 51 en la bandera imperial yanqui.

Tal como lo cantó en el poema de Nicolás Guillén “Sóngoro cosongo” de 1931, con los santos no se juega,  Héctor Lavoe es una de nuestras deidades del canto caribeño ahora y siempre. Por ello, a diecinueve años de su final en este mundo,  le haré una ofrenda a su infinito poder de cantor con el  ceremonial Rompe Saragüey.

Twitter: @leonmagnom

 

Luis Aparicio, un zuliano universal

Twitter: @leonmagnom

Se cumplieron 55 años de la hazaña lograda por un pelotero venezolano en la Liga Americana del béisbol estadounidense: ganar el premio novato del año. El protagonista de tal logro fue nuestro coterráneo Luis Ernesto Aparicio Montiel en el año 1956, hecho de suprema importancia para el deporte en América Latina. Sobre todo por las adversas condiciones para jugar con las que se conseguían los peloteros latinos al llegar a los Estados Unidos por esos años. El  novato Aparicio, debutó en la liga más importante de la pelota mundial el 17 de abril de 1956, lo hizo  con el uniforme de Chicago White Sox. Así se convirtió en  el sexto venezolano que llegaba a la Major League Baseball.

Para entonces Luis Aparicio viajaba de Maracaibo a Chicago en vetustos aviones de hélices, Douglas DC-7 con vuelos de ocho horas entre escalas, para enfrentar una ciudad ajena, racista, fría e impaciente con los peloteros extranjeros.

Él  relataba que  aun cuando se sentía  levemente lesionado, o sentía dolor, se vendaba, se colocaba hielo  y tomaba calmantes para seguir jugando, porque en esa dura competencia no se permitía la libertad de subir a otro pelotero para sustituirlo, era harto peligroso para su estabilidad como pelotero titular, en un negocio cada vez más agresivamente competitivo.

Así se mantuvo, guante en ristre por dieciocho temporadas. En ese período militó en los equipos White Sox de Chicago, Orioles  de Baltimore y Red Sox de Boston, siempre en la Liga Americana, el nuevo circuito. Logró records impresionantes: 9 guantes de oro, 9 veces fue líder estafador con 506 bases robadas de por vida, fue elegido 10 veces al Juego de las Estrellas, y nunca cambió de posición, fue campo-corto (posición 6) hasta el final de su carrera como jugador activo, logrando 2.583 partidos en la pradera corta.

Ese maracucho, hijo de Luis Aparicio Ortega “El grande de Maracaibo”, que nació finalizando la era gomecista, un 29 de abril de 1934 en el emblemático barrio El Empedrao, la cuna de Felipe Pirela  y de Astolfo Romero “El Parroquiano”, llegó a la “Ciudad de los Vientos” a hacer historia, a sembrarse en el corazón de esa fanaticada norteña y del Caribe. Logró su exaltación al Salón de la Fama de Cooperstown en 1984, una noticia que conoció a través de la radio mientras manejaba por las carreteras venezolanas.

Hasta ese momento, sólo 3 latinoamericanos habían  logrado tener su placa en Cooperstown: Roberto Clemente de Puerto Rico, en 1973; Martín Dihigo de Cuba, en 1977;  de Cuba y Juan Marichal en 1983, de República Dominicana.

Luis Ernesto fue el cuarto jugador exaltado a la inmortalidad. Luego ascendieron a ese templo deportivo Rod Carew en 1991, de Panamá; Orlando Cepeda en 1999, de Puerto Ric; y Tany Pérez en el 2000, de Cuba. Finalmente, José Méndez (2006) y Cristóbal Torriente (2006) a través del comité especial.

Siendo prospectivos, el único venezolano que por seguir jugando, batiendo records cada día, puede llegar a Cooperstown es Omar Vizquel. Los demás compatriotas grandes ligas; Miguel Cabrera, Johan Santana, Carlos González y Bob Abreu, son una esperanza que pudiera resultar ser sólo una utopía o un anhelo de nuestra afición beisbolera. El Doctor J. J. Villasmil, estadista brillante de la Universidad del Zulia, nos comentó un estudio importante y que es harto  elocuente:

“Sólo el 3% de los peloteros que llegan a las grandes ligas, logran ser exaltados al  Salón de los Inmortales”

Vimos la lamentable escena que envolvió a nuestro compatriota Andrés Galarraga, en su primer intento para ser electo para el  Salón de la Fama, quedando fuera de elección por baja votación. Ojalá logre entrar por el comité de veteranos “El Rey” David Concepción, aún en veremos, luego de no poder conseguir los votos para ser exaltado al “National Basebal Hall of Fame”. Quizá su trato hostil con la prensa en sus años de pelotero activo lo haya perjudicado irremediablemente y nunca reciba ese honor.

Por tanto, el logro de Luis Aparicio Montiel, como el único venezolano que tiene su placa en Cooperstown - Nueva York se agiganta con el tiempo. Sobre todo ahora que conocemos la bochornosa lista de grandes peloteros que consumieron esteroides, y con esa mácula, estarán vetados de por vida para Cooperstown.

Luis Aparicio Montiel, el eterno número 11, es un símbolo del deporte mundial, pero también es un ícono de la zulianidad bien entendida, un zuliano universal. Conceptuamos la zulianidad, como el imaginario compartido de los nativos del Zulia, conjunto de costumbres y quehaceres, tradiciones propias de los pobladores de esta tierra tan particular, tal como lo hizo el profesor Luis Hómez en su momento. Aparicio Montiel es la inspiración más sustancial con la que cuentan los jóvenes peloteros de nuestro país,  para seguir adelante en su lucha por la gloria.

 

William Atencio: El gran productor de la gaita

“La gaita somos y a ella le damos 
lo más hermoso de nuestras vidas
es la malcriada, la preferida
es infinito cuanto la amamos;
gracias mi Dios por hacernos amos
de nuestra gaita, la consentida”

William Atencio (1989)

Tiene el récord de ser el primer zuliano que integró la junta directiva de la Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela (Sacven), con más de 600 composiciones en su talego, casi 100 producciones discográficas publicadas y siete libros editados; logros que lo convierten en el productor más importante que ha tenido nuestra gaita venezolana. Me refiero a William José Atencio Rodríguez, compositor que nació el 25 de marzo de 1949 en el hospital Central de Maracaibo.

William vivió su niñez en la Costa Oriental, en Campo Rojo, al lado de su padre José Atencio y su madre Margarita Rodríguez. Allí comenzó a gaitear con el conjunto Los Monarcas, donde se destacó como cuatrista. Después integró las filas de Los Tigres cuyo líder era su admirado juglar Simón García. Estuvo con el conjunto Imperio un breve tiempo y comenzó su pasantía estelar como ejecutante de la agrupación Rincón Morales: “El coloso de cantares”. Después se incorporó a las filas de Estrellas del Zulia, importante divisa nacional.

Se retiró como ejecutante del cuatro, dejó los escenarios, pero continuó con su prolífico ciclo como compositor, que lo ha llevado a ganar gaitas del año, festivales y múltiples reconocimientos. Fue el primer compositor gaitero que compiló sus temas en álbum de vinilo doble, antológico, en el año 1981 con la asesoría de Charles Arapé, importante hombre de la radio nativo de la Sierra de Coro, para ese tiempo director de la emisora Mundial Zulia 1070 AM.

En paralelo a su carrera musical, William cursó estudios en la Universidad del Zulia, obteniendo el título de Licenciado en Educación mención Ciencias Biológicas en 1976. Ejerció como docente hasta jubilarse, llegando a ocupar altos cargos en la Dirección Regional de Educación.

Fue educador dedicado, pero nunca abandonó la composición, logrando cosechar clásicos para nuestro folclor como “Cinco Negros” en 1979,  interpretado por Luis Germán Briceño con Los Gaiteros del Viejo Víctor:

“Se formó un gaitón
en el solar de San Pedro.
La parranda está formada
la gente sigue llegando
Papa Dios está observando
no quiere perderse nada.
Y nuestra Chinita ufana
contenta dice a San Pedro
esos son mis cinco negros
que cantan gaita zuliana”

Sus éxitos han  sonando en todo el país: “La voz de la gaita” cantando Germán Ávila, y las gaitas románticas que le grabó Fernando Rincón; “Señora” y “De imprevisto”. En la voz de Ricardo Cepeda pegó “Que viva la democracia” de la temporada 1980 con La Universidad de la Gaita. “Todas son madres” se impuso con Rincón Morales, “Mi llano” con el Saladillo y “El látigo de la gaita” Germán Ávila, quien en definitiva ha sido su mejor intérprete, le ha grabado 36 temas desde la década de los 70 hasta la temporada pasada 2012, cuando le cantó “Yo sigo siendo la voz”.

Esa gran producción como compositor lo llevó a formar parte del ente que reúne a los autores musicales de Venezuela, SACVEN. Fue miembro de su junta directiva al lado del maestro Valentín Carucci. Esa responsabilidad le permitió años después presidir el Círculo de Compositores y Autores del Zulia (Ciacez).

Su inquietante pulsión creativa la ha expresado en la última década en el mundo editorial, con la publicación de siete libros, obras que han tenido una buena acogida en los lectores venezolanos. “Huellas musicales, capítulo compositores” fue el primer libro de ellos. Luego salió publicado “Huellas musicales, capítulo solistas” que tuve el honor de prologar. Luego vendría un tomo dedicado a la Virgen Chiquinquirá “40 años de fe y devoción”. Compiló la “Agenda temática marabina”, “Origen y evolución de la gaita” y “Grandes conjuntos gaiteros” apoyado por el Banco Central de Venezuela subsede Zulia.

En la temporada 2012 Rincón Morales le grabó el tema romántico “Cuando un amor se va”, que fue seleccionado por los usuarios del portal www.noticiaaldia.com como la mejor gaita de ese año.

“Cuando un amor se va
lo invaden los temores
llegan los sinsabores
surgen los rencores
cuando un amor se va”

En una entrevista de televisión William me confesó que uno de los momentos más emotivos en su carrera lo vivió el año 2011 cuando 18 solistas de primera línea le grabaron el homenaje póstumo a Luis Escaray, su amigo entrañable, quien murió víctima de un infarto a los 49 años de edad, cuando estaba en el cenit de su carrera:

“Yo nunca me imaginé
tener que hacerte una gaita
con un nudo en mi garganta
para tocártela a pie,
hombre honesto de gran fe
padre, amigo, buen hermano 
y un tronco de zuliano
dime Dios por qué se fue”

Ese tema, “Luis, yo nunca me imaginé”  lo escucharon entre lágrimas, en medio de una cálida atmósfera de camaradería, en el estudio de grabación. Destacó el arreglo para trompeta que ejecutó Kender Medina, actual primera trompeta de Guaco, con notas conmovedoras, llenas de un gran sentimiento para  despedir al cantor.

Recién el profesor Atencio Rodríguez fue juramentado como directivo de la Fundación Regional de la Gaita, acompañando a su afecto compañero Justo Montenegro, quien la preside. Allí tendrá la responsabilidad de orientar e impulsar nuestras formas musicales más queridas en las escuelas del estado Zulia.

Este año 2013 William José Atencio cumplirá 64 años de vida, en compañía de su esposa Haydée González de Atencio, destacada catedrática de la Universidad “Rafael Belloso Chacín”, matrimonio que celebra 40 años de unión con tres hijos y siete nietos. Pero además, coronando una carrera signada por su vasta producción como compositor, editor y productor discográfico, que le hacen merecedor del reconocimiento como: “El más importante productor de nuestra gaita en toda su historia”. Cantemos con el profesor Atencio su “Gaita, gaita” en tono celebratorio:

“Mis cuerdas vocales son
un par de guayas del puente
y el corazón de mi gente
es mi propio corazón,
mi verso es una oración
con el cual gaita te digo
que si ese sol es tu abrigo
gaita vos sois mi expresión”

(Rincón Morales, 1987)

Twitter: @leonmagnom

 


Página 27 de 36
Banner
Banner
Banner
Banner