En
Maracaibo los días claros
y llenos de sol, como esta mañana,
no son novedad. “Tierra del
sol amada, tierra mía”
decía el poeta en una visión
llena de luz, de color y del reflejo
ondulante de la mirada del astro
rey sobre nuestras cálidas
aguas. Tierra de Mara, “indio
de buen porte, alto y grueso, de
mirada de águila, valiente
e intrépido”, como
lo describió el historiador
del Zulia Juan Bessón1,
y habitante feliz de tierra y agua,
pues su morada se encontraba en
la Isla de Providencia o isla de
los burros, desde la cual mantenía
contacto con las riberas Este y
Oeste de la barra de nuestro lago.
Y toda esta calidez del ambiente
terruño se arrima al aposento
de nuestra ilustre Cámara
Municipal, hoy en sesión
solemne para conmemorar el día
del Santo Patrono San Sebastián,
mártir lacerado por el castigo
recibido de aquellos que rechazaban
la doctrina de la unión y
del amor. El día de San Sebastián
es un día para la ciudad
de Maracaibo, ciudad y municipio
que se yergue orgullosa y cautivadora
de las riberas del Coquivacoa.
Como ciudadano de esta noble tierra,
hijo de los hijos de nuestra patria
chica, no puedo menos que sentirme
agradecido de las honorables autoridades
municipales por haber confiado a
este servidor la oración
de orden de esta sesión.
La historia es a veces esquiva
a mostrar con claridad los acontecimientos
que tratamos de hurgar en nuestro
pasado. Relata Besson que cuando
el conquistado Ambrosio Alfinger,
muchas veces rechazado por Mara
y sus hermanos indígenas,
llegó al lago, “ya
existía una villa en la laja,
pero no dicen quien la había
fundado. En unos papeles antiguos,
ya casi ilegibles, hallados en unas
excavaciones, existen indicios de
esta villa; pero sin expresar fundamentos
ciertos… Allí, sobre
la misma laja, donde había
una ranchería india, Alfinger
declaró fundada una aldea
que confirmó con el nombre
de Maracaibo”2
según el relato del historiador
Bessón.
Debemos reivindicar permanentemente
el valor de la historia de nuestro
pueblo precolombino. Pues nuestra
ciudad no fue fundada por el conquistador,
éste tan solo irguió
sobre el poblado indígena,
habitante secular de nuestra tierra,
una nueva bandera; pero ésta
ya era una tierra habitada, algunos
viviendo en palafitos y otros tierra
abierta, pero todos en una ordenada
sociedad tribal, disfrutando en
un apacible sueño de naturaleza
e inocencia.
Otra es la historia de la conquista
y la colonización, cuando
el 20 de enero de 1596, un día
como hoy hace cuatrocientos treinta
y seis años, Alonso Pacheco,
de un natural tan fiero y brutal
como el de Alfinger, puso nuevo
nombre a la población, llamándola
“Ciudad Rodrigo”, nombre
éste que sólo tenía
significación para él,
pues rememoraba el lugar de su nacimiento.
Y ese mismo día, San Sebastián,
soldado romano convertido al cristianismo
y por ello martirizado, fue reconocido
como Patrono.
De San Sebastián sabemos
poco, aunque sí parece cierto
que fue un oficial en la guardia
imperial romana que secretamente
había realizado muchos actos
de caridad basados en la fe cristiana;
luego la leyenda dice que al ser
descubierto en sus creencias, fue
entregado a arqueros mauritanos,
quienes le incrustaron flechas en
el cuerpo, a las que sobrevivió
gracias a los cuidados de la viuda
Santa Irene, aunque al final murió
lacerado del mismo modo; la imagen
del San Sebastián flechado
responde al arte renacentista. De
lo que sí dan fe los creyentes
es que el santo protege de las pestes,
como lo testimoniaron en Roma en
el año 860, en Milán
en 1575 y en Lisboa en 1599. Todo
esto según la Enciclopedia
Católica.
Pero sobre esta tierra del indio
Mara, ejemplar de abolengo de la
raza original, de aquella raza que
según los relatos recogidos
de antiguas crónicas era
de privilegiada superioridad física,
hombres musculosos y de muy alta
estatura, y mujeres hermosas llena
de gracia y candor, no podía
permanecer la planta invasora de
un conquistador que tan solo buscaba
oro insaciablemente. Y la paz de
la convivencia tribal se convirtió,
de nuevo, en persecución
y muerte. Sobre la brutalidad conquistadora
no se podía edificar los
pueblos, y por ello otro conquistador
llamado Pedro Maldonado dice refundar
en 1574, ahora con el nombre de
Nueva Zamora aquella población.
De todas maneras la comunidad existente
venía siendo llamada Maracaibo,
nombre original y anterior a las
fundaciones conquistadoras de una
población situada a orillas
del Coquivacoa, a lo largo de la
ribera que hoy se extiende desde
Los Haticos hasta el puerto local.
Estas fechas de fundación
y refundación de la población
conquistada son confusas. Las crónicas
arrojan luz, pero se requería
de una especie de acuerdo sobre
las verdades históricas,
y por ello el Hermano Nectario María
descifró en su investigación
sobre los orígenes de Maracaibo,
abrevando de las fuentes originales
de los archivos de Indias, los confusos
relatos tejidos por los cronistas
hispanos. Y así, según
destaca Tarre Murzi,3
se sientala base para un criterio
objetivo, adoptado en 1965 por la
Academia de Historia del Zulia:
“El fundador de la ciudad
de Maracaibo fue el Adelantado Ambrosio
Alfinger. Fecha de fundación:
8 de septiembre de 1529. Fueron
refundadores de la ciudad de Maracaibo:
el Capitán Alonso Pacheco
en 1569 y el Capitán Pedro
Maldonado en 1574”.
Naturalmente, esta conclusión
por si sola no satisface la verdad
histórica, pues la historia
de nuestra ciudad y nuestro pueblo
no empezó con la conquista.
En la misma biografía de
Maracaibo que escribió Tarre
Murzi se recuerda que la moderna
investigación arqueológica
revela la presencia aborigen en
nuestro suelo quince mil años
antes de Cristo (15000 a.C.), y
que en la larga investigación
de los arqueólogos Cruxent
y Rouse, fueron descubiertos vestigios
fósiles de objetos cerámicos,
artefactos de origen pétreo,
manufacturas de conchas, urnas funerarias
y ornamentaciones de metal, demostrativas
de la presencia milenaria de nuestros
ancestros aborígenes. En
el paraje conocido como “Rancho
Peludo”, al noroeste de Maracaibo,
la huella arqueológica constata
la existencia cierta de una cultura
para el año doce mil trescientos
ochenta antes de Cristo (12380 a.C.),
es decir, hace mas de ciento cuarenta
siglos.
No podemos perder la continuidad
antropológica o sociológica
de nuestra idiosincrasia, pues nosotros
no nos parecemos más al germánico
Alfinger o a los hispanos Alonso
Pacheco y Pedro Maldonado, que a
los hijos mestizos de esta tierra,
raza compuesta de vocación
cósmica, acrisolada en el
enriquecimiento cultural y biológico
de muchos siglos, y llena cada día
de nuevas estirpes, de renovadoras
vertientes étnicas que le
dan color y sabor a la piel de la
mujer maracaibera, así como
fuerza y calor al hombre de estas
tierras.
Se parecen los apellidos o quizá
son casi los mismos, como efecto
cultural de la devastadora conquista.
Pero nuestros hombres dejaron de
tener el nombre de las flores y
del agua fresca, o de los luceros,
todos descritos con el candor de
la lengua indígena.
Por todas estas cosas ocultas tras
la bruma de los tiempos, los hijos
de esta tierra son de buena casta,
son humildes y honrados, diligentes
y laboriosos. Cuando ven su lago,
piensan en una nave para surcarlo;
cuando ven a lo lejos una montaña,
sueñan con las nubes que
abrazarán en su cima; cuando
ven a una mujer, idealizan los hijos
de porvenir; y cuando ven a sus
hijos entonces ya no queda espacio
para otros sueños.
Pero hoy Maracaibo no es aquella
ranchería, mantiene sí
la denominación anterior
a la conquista pues rápidamente
se deshizo de los nombre de “Ciudad
Rodrigo” y de “Nueva
Zamora”.
Es Maracaibo, pese a que los corsarios
llegaron a la llamada “Marecaye”,
aunque esto nada tiene que ver con
el “Mara cayó”
de la leyenda.
Es Maracaibo, cálida pero
fresca, sencilla y laboriosa; cuando
el diplomático francés
caminaba por la calle Derecha oía
con grata sorpresa cómo de
cada casa salía el sonido
del arpa y del piano; ciudad de
gente culta, cuyos habitantes leían
con frecuencia los clásicos
griegos y saliéndose del
santoral empezaron a sustituir los
nombres castizos por los extraídos
de esa literatura. De allí
los Hermócrates, Helímenas,
Herónidez, Hermágoras
y muchos otros que se escaparon
de la ficción griega para
tomar asiento en la fantasía
creadora de éste nuestro
realismo mágico.
Cuando el diplomático norteamericano
Eugene Plumacher arribó a
nuestro puerto en 1878, quedó
admirado de lo que sus ojos veían
y escribió: “La ciudad
de Maracaibo vista desde el Lago
haces una impresión muy favorable
ya que sus orillas muestran muchas
iglesias, torres y varias edificaciones
impresionantes. En general, la vista
era muy diferente de lo que yo había
visto en todos los demás
pueblos de Venezuela; por ello,
Maracaibo tiene el derecho, por
lo menos en Sur América,
de ser llamada Ciudad”4
Y si esto lo decía hace
más de ciento treinta años
un extranjero, ¿cómo
entender entonces que algunos propios
la califiquen como “playa
de pescadores”?
Pero no había duda en lo
que Plumacher narraba. Al arribar
a Maracaibo conoció un puerto
pujante muy activo, y aún
cuando no lo menciona en sus Memorias,
llegaba a una ciudad que poseía
una Escuela Superior que una década
y tres años después
sería la primer Universidad
Republicana, no la nacida de la
universidad colonial y su determinación
dogmática, sino parida de
la independencia y la voluntad de
sus propios habitantes, universidad
fundadora de los estudios de ingeniería
náutica y cuna de los valores
humanos que sembraron el siglo XX
de nuestra historia de ciencia y
de cultura.
También fue la primera ciudad
venezolana en conocer la luz eléctrica
y la primera en tener su propio
banco, incluyendo su propio papel
moneda. Y como los menos jóvenes
lo recuerdan, la única región
de Venezuela cuyos habitantes para
viajar a Caracas debían sacar
el pasaporte.
Es Maracaibo, la ciudad indígena
ancestral expoliada por el conquistador,
pero forjada mixta y plural, abierta
y franca, alegre y dócil
mientras no le arrebaten sus anhelos.
Llena de historias y leyendas, con
las cuales nos deleitamos en la
lectura de Régulo Díaz,5
y recordamos con su lectura las
cálidas tertulias de nuestros
abuelos.
Esta Maracaibo, sembrada de sueños
y de soñadores, se apresta
a continuar su rumbo con toda la
potencia de una ciudad hermosa y
grande. Para ello tenemos un buen
alcalde y unos buenos concejales,
pero tenemos también muchos
buenos ciudadanos.
Algunos proyectos nos estimulan
hoy con mucha fuerza. El Proyecto
Cota 0, la ciudad que nace y vive
al pie del lago, a lo largo de cuarenta
y cuatro kilómetros, que
vistos desde la barra, como nos
confiaba el cónsul Plumacher
para 1878, constituyen el espectáculo
formidable de una gran ciudad.
Es la reconquista de nuestro ser
como pueblo de agua… o cercano
a las aguas, desde la Plaza de las
Banderas hasta el Planetario “Simón
Bolívar”, camino de
agua Norte-Sur, que será
ocasión estratégica
para recuperar nuestra vocación
de Ciudad-Lago.
La recuperación y fomento
de la construcción palafítica
en Santa Rosa de Agua, proyecto
ya avanzado, evoca nuestras raíces,
así como la pista de hidroaviones
en la La Marina y en la Plaza del
Buen Maestro.
Esta ribera de la gran ciudad habrá
de contener los espacios de desarrollo
turístico, cultural, financiero,
artístico, deportivo; me
atrevería a decir que todos
los ribereños debemos dar
ya un voto de firme apoyo a este
proyecto.
Desde las universidades que están
en sus orillas, la Universidad del
Zulia en La Ciega, con la recuperación
de las viejas e históricas
instalaciones de la Casa del Obrero,
primera sede de LUZ en su reapertura;
la Universidad “Rafael Urdaneta”,
con su nueva sede que recibe todas
las mañanas con alegría
de nuestros jóvenes el tenue
sol, que a partir de allí
empieza a tomar posesión
de toda la ciudad; la Universidad
de la Fuerza Armada con su núcleo
de Maracaibo, asentada recientemente
en su ribera norte; pero también
el Centro de Arte de Maracaibo “Lía
Bermúdez”, vigilante
del puerto y faro que ilumina la
navegación cultural de nuestra
ciudad.
Pero al pasar por Capitán
Chico no olvidemos el Proyecto de
Parque y de Manglares, que consagrará
a Maracaibo como ciudad de parques,
pues al lado de la actual Vereda
del Lago, nunca como hoy tan hermosa
y bien mantenida, habrá de
surgir su expansión norte.
La ciudad también espera
con inquieta ansiedad la construcción
de su Paseo del Lago Sur.
¡Cuantos proyectos enriquecen
hoy las tareas de nuestros gobernantes
locales! Seguros estamos que pronto
veremos la realidad de esos proyectos,
para eso contamos con buenos servidores
públicos, a quienes demandamos
acción concertada y constructiva.
Confiamos en ustedes, pero al mismo
tiempo les ofrecemos nuestro apoyo,
porque el éxito de estas
iniciativas dependerá en
gran medida de los que los propios
ciudadanos podamos aportar.
Señor Alcalde, señores
concejales, las diferencias políticas
son válidas y hasta deseables
en una sociedad democrática;
pero si convertimos la pluralidad
en convergencia de ideales y de
esfuerzos, ésta nuestra bella
ciudad, donde nacimos y crecimos
y algún día, espero
que lejano, depositaremos nuestros
huesos, será el más
hermoso paraje para la convivencia
y crecimiento humano.
Y para finalizar, la necesaria
y muy esperada obra, ansiada por
cientos de miles de maracaiberos
que sufren el rigor del transporte:
el Metro de Maracaibo. Proyecto
maracaibero dígase lo que
se diga, con el auxilio claro está
de la tecnología de otras
latitudes, pero nacido de la legítima
esperanza de un pueblo que no ha
hecho otra cosa toda la vida que
entregar generosamente la riqueza
de sus entrañas a toda Venezuela.
El Metro de Maracaibo será,
sin duda, oportunidad extraordinaria
para reafirmar la faz de una ciudad
que crece y se multiplica sin abandonar
su propia identidad…
¡Y tá fresco Elpidio
si cree que vos te vais a quedar
sin viajar en esos modernos trenes!
Frente a esta modernidad, culturalmente
enriquecida, guardemos siempre con
Rafael Rincón González
la memoria de mi “Maracaibo
florido, Maracaibo de antaño,
aquel mi Maracaibo de estilo colonial…
divino el Maracaibo, aquel de las
palmeras, el de las contradanzas
y lago de cristal”.
1 Besson,
Juan: Historia del Zulia, Maracaibo,
1973; T 1, p. 41.
2 Ibid, T 1, p. 42.
3 Tarre Murzi, Alfredo: Biografía
de Maracaibo, 1986; p. 47.
4 Plumacher, Eugene H.: Memorias,
traducción Josephina Beck
de Nagel.
Maracaibo, 2003; p. 52.
5 Díaz, Régulo S.:
¿Quién es Maracaibo?,
Maracaibo, 1984.
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